17 de marzo: ¡hagamos frente a la patronal y al fascismo!

Prólogo

En vísperas de la huelga general del 17 de marzo, Joxe Iriarte “Bikila” analiza los retos del movimiento obrero en Euskal Herria y el actual contexto político y social. Ante la presión patronal, la crisis sistémica y el auge del fascismo, subraya la necesidad de una movilización unitaria y organizada.

Joxe Iriarte, Bikila. Miembro de Alternatiba.

Ya entrado el siglo XXI, diría que nos encontramos en una encrucijada histórica. Si la crisis se encauza según los planes del capitalismo, la clase trabajadora (y dentro de ella, las mujeres), así como el conjunto de la sociedad y el medio ambiente, empeorarán de forma catastrófica. A ello hay que añadir que estamos inmersos en un clima de guerra. Puede que alguien piense que la palabra “catastrófico” es exagerada, incluso apocalíptica, pero día tras día es utilizada cada vez más por economistas críticos, ecologistas, científicos (y no siempre de izquierdas) y por personas preocupadas por el rumbo que está tomando el mundo actual.

Por tanto, consideramos que ha llegado el momento de hacer frente a la situación. Sin embargo, como señalaba el historiador Josep Fontana, “no es posible una confrontación exitosa con el poder sin una conciencia colectiva fuerte que le haga frente, y esa conciencia es siempre el resultado del conocimiento de la realidad y de la información”.

La realidad tiene dos niveles: el histórico y el coyuntural. No se puede comprender el presente sin conocer el pasado. Por eso ha sido tan importante mantener en nuestra memoria colectiva lo ocurrido el 3 de marzo de 1976. En aquella coyuntura, el movimiento obrero tuvo que hacer frente a dos problemas: defender sus reivindicaciones y responder a la dictadura. Hoy debemos afrontar un problema similar: garantizar un salario mínimo interprofesional digno y responder a los herederos del franquismo que llaman a la puerta. Y solo hay un camino: constituir un frente único del movimiento obrero y, al mismo tiempo, organizar a la mayoría social de este pueblo.

Ayer y hoy podemos afirmar que ni las libertades políticas ni las mejoras económicas han sido concesiones de las clases dominantes, sino conquistas logradas mediante luchas duras, transformaciones profundas y, en no pocas ocasiones, revueltas o revoluciones.

Sin embargo, esos logros nunca están garantizados. Lo conseguido con gran esfuerzo puede perderse mediante contrarreformas y contrarrevoluciones si las clases dominantes consideran que tienen fuerza suficiente para inclinar la situación a su favor. Eso es lo que ha venido ocurriendo en los últimos veinte años, y se intensificó tras la crisis de 2008. Por eso es fundamental salir una y otra vez a la calle en defensa de nuestros derechos.

El Estado del bienestar fue posible porque coincidieron dos factores: por un lado, una situación económica relativamente favorable (derivada de la intervención estatal para hacer frente a la devastación de la posguerra) y, por otro, el miedo de la burguesía a que, si no hacía concesiones importantes, pudieran producirse estallidos revolucionarios.

En los años 70, la burguesía cambió de rumbo a nivel mundial bajo el liderazgo de Reagan y Thatcher. En los años 80, el movimiento obrero organizado sufrió un duro golpe y sus bastiones sociales quedaron desarticulados; la socialdemocracia asumió la visión neoliberal y abandonó los restos del reformismo que aún conservaba.

Así se abrieron de par en par las puertas del tsunami neoliberal, arrastrando como una riada muchas de las conquistas sociales anteriores.

¡Hay mil y una razones para convocar una huelga general!

Todos sabemos que el poder de la burguesía reside en la propiedad del dinero y en el control del Estado. En cambio, los trabajadores, los sindicatos y la izquierda social y política no pueden olvidar que la verdadera fuente de su poder radica, fundamentalmente, en la capacidad de movilización en los centros de trabajo y en la calle. Y la huelga general es, aun con sus límites, una de las herramientas más eficaces. Eso sí, siempre que no se entienda como una acción aislada y que, tras la jornada de huelga, los sindicatos no regresen a los cuarteles de invierno o a la rutina habitual.

Desde que estalló la crisis hemos insistido en el mismo lema y no desistiremos: el capitalismo y sus instituciones económicas y políticas han tomado la iniciativa y nos han declarado la guerra, una guerra social, una guerra de clases. Y a ello deben responder al mismo nivel los partidos de izquierda, los sindicatos y los movimientos sociales afectados.

Quienes participamos en las comisiones de huelga y en amplios espacios de movilización durante la huelga del 30 de enero de 2020 pudimos comprobar lo eficaz y transversal que fue su organización, y la importancia de llevarla a cabo no solo en los centros de trabajo, sino también en el ámbito social y comunitario. Sigamos por ese camino.

Militantes sindicales, jóvenes precarios, estudiantes y jubilados, activistas sociales de todo tipo, feministas, ciudadanos comprometidos con la huelga, y también, como novedad, trabajadores y propietarios del comercio y la hostelería… todos juntos, organizando la huelga, elaborando argumentos, incorporando reivindicaciones propias, tejiendo complicidades: en una palabra, haciendo pueblo. Una experiencia maravillosa.

La crisis, con sus altibajos, será prolongada, y si se resuelve, será la correlación de fuerzas que se está disputando en todos los territorios y rincones del planeta la que determine su rumbo. No saldremos bien de esta situación si no enviamos al sistema que ha llevado al ser humano y a la naturaleza a una situación límite al basurero de la historia y, al mismo tiempo, no damos pasos firmes hacia la construcción de otro modelo de sociedad. La lucha —unida y amplia— es, además, la forma más eficaz de hacer frente al clima de guerra y al fascismo.

Que la huelga del 17 de marzo sea la repetición de lo que logramos hace 50 años en Gasteiz: que el movimiento obrero sea quien aseste el golpe definitivo al franquismo, hoy al fascismo.

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