Al movimiento de pensionistas, ¡los y las últimos mohicanos de nuestra generación!

Escrito por Joxe Iriarte, Bikila
En los últimos meses, ley de vida, el colectivo de los pensionistas está sufriendo muchas bajas. Camaradas, amigos o conocidos nos están abandonando (una forma liviana de decir que han muerto). Nuestra generación, que vivió su juventud en los años sesenta, ha llegado al último puerto. Donde nos espera el barquero Caronte para transportamos a la otra orilla, para todos ellos y ellas, tibi terra levis (que la tierra les sea leve).
Todo ello me empuja a la siguiente reflexión.
Nuestra generación tuvo ciertas características que la marcaron sobremanera. La primera, que no pudo mantener relaciones normalizadas con la generación precedente, la de los perdedores de la guerra civil. La segunda, que perdimos el miedo al franquismo.
Considero perdedores a las y los republicanos y a las y los nacionalistas de las naciones oprimidas, a los que hemos llamado los nuestros. También a todos aquellos, los llamados a filas al ejército golpista y forzados a combatir contra sus hermanos de clase o los colectivos nacionales oprimidos a los que pertenecían y que, posteriormente, nunca disfrutaron de las prebendas y privilegios de los vencedores, sino que sufrieron además de la explotación de clase persecución lingüística por su condición de ser vasco-parlantes (o catalán-parlantes, gallego-parlantes, etc.), obligados y obligadas a hablar en cristiano. Fue el caso de mi padre, vasco navarro reclutado a la fuerza, que apenas entendía las humillantes órdenes de sus superiores jerárquicos, y que toda su vida soportó condiciones de miseria y explotación hasta que pudo empezar a rebelarse con el surgimiento de las luchas obreras y nacionalistas.
La trinchera intergeneracional que nos separaba en aquel tiempo era muy variada (los rojos eran diabólicos y los nacionales buenos); teníamos muchas dificultades para conocer la historia de la guerra civil. En las familias, entre padres e hijos e hijas reinaba el silencio del cementerio; fuera de casa, en la calle y en las fábricas se nos aplicaba de forma casi solemne la pax romana que duraba 25 años; en las escuelas se nos daba una formación de espíritu nacional españolista y se nos obligaba a renegar de nuestra lengua propia; inmersos en la espesa y oscura cotidianidad, nuestra juventud desconoció los entresijos de las generaciones anteriores. Eran los tiempos del documental Franco, ese Hombre.

Poco a poco, la sociedad fue cambiando bajo el mandato de los tiempos que también alteraban la dictadura. De forma individual o en pequeños núcleos, algunos y algunas jóvenes empezamos a recibir información crítica del sistema; con las limitaciones que imponía la clandestinidad comenzamos a enterarnos de lo que supuso la guerra civil, conocimos milicianos y gudaris que continuaban en activo. Fue un privilegio que, sin embargo, no podíamos compartir fácilmente con la mayoría de nuestra generación; nos movíamos en trincheras separadas y desde la clandestinidad era muy difícil conectar con toda la generación. Sólo en las salidas de montañeras y eventos deportivos surgía una complicidad o afinidad que iba más allá de la militancia. En las cumbres y bosques de las montañas cantábamos: gure aberri laztana, mendigoizale aurrera, Eusko gudariak, La batalla del Ebro, y en entornos de mucha confianza, la Internacional...
A medida que el síndrome de la Guerra iba desapareciendo en la sociedad, sustituimos a la generación perdedora y nos veíamos vencedores. Fuimos nosotros y nosotras quienes obligamos a poner fin a la dictadura, aunque no de la forma que algunos y algunas habíamos querido. Tuvimos que superar profundas frustraciones, y ya muy divididos, seguir en la pelea frente al régimen del 78. En la década de los 80, por lo menos en Euskal Herria, coincidimos con la generación que nos empezaba a suplantar si bien los y las de los años 60 todavía nos veíamos con fuerzas y ganas de lucha. En esa época hubo comunicación de aspiraciones y experiencias en las huelgas generales, en las diferentes organizaciones sindicales, en los partidos de izquierda, en la lucha contra la central nuclear de Lemoniz, a favor de la legalización del aborto, y más adelante contra la incorporación a la OTAN, por la insumisión contra la mili, a favor de la Amnistía de los Presos Políticos Vascos, contra el Tren de Alta Velocidad…
Éramos miles, no toda la juventud, desde luego, porque nunca toda una generación asume la misma dirección, ni ayer ni hoy.
Ambas generaciones, la que está de vuelta de los 50 o 60 años y la de nosotras y nosotros (los y las de más de 65 ya jubiladas) tenemos en la actualidad muchos problemas para conectar con la juventud. La conexión intergeneracional es hoy en día, por distintas razones, tan difícil como en la era franquista.
La generación que durante la dictadura se fraccionaba a raíz de la represión y el silencio impuesto hoy en día se enfrenta a problemas derivados de los nuevos fenómenos sociales y tecnológicos que dificultan la conexión y el entendimiento. Nuevas costumbres, nuevas formas de comunicación; cambios culturales profundos interfieren en la comunicación intergeneracional y nuevos mecanismos y formatos de lucha ideológica para la cual no estamos preparados.
La nueva tecnología a muchos y muchas casi nos convierte en analfabetos. Es más, las nuevas redes y comunidades creadas se mueven aparte de vivencias, se mueven en otros planos, y a pesar de los esfuerzos no conseguimos superar las trincheras y tender puentes. Viviendo en el mismo territorio, parece que vivimos en mundos diferentes y no sólo por cuestiones sociales, nacionales o de género.
“La modernidad líquida empapa el siglo XXI. Por el mundo circulan con bastante fuerza muchas corrientes autoritarias. La militancia política ha cambiado. No hay compromiso para toda la vida. Hay muchos movimientos sociales, aquí y allá. Aparecen y desaparecen como géiseres. Son burbujas intermitentes de agua caliente que salen de debajo del suelo hacia arriba. Ahora muy fuerte y al poco muy débil.”
Siendo cierto este diagnóstico de Txema Ramírez de la Piscina, los y las que transitamos en el movimiento de pensionistas, en cambio, somos maratonianos que venimos desde lejos. No somos aguaceros intermitentes o trombas de agua de duración efímera; luchadores de largo aliento que aguantaremos hasta el final de la carrera, para la cual nos entrenamos duramente, a veces en silencio y otras dando la tabarra durante todo el año.
A pesar de las dificultades, intentamos transmitir nuestras enseñanzas y tratamos de aprender (al igual que el profesorado del alumno, Marx dixit) de la nueva oleada.
Sabemos que hay una juventud que lucha incluso cuando no lo percibimos. No se trata de buscar culpables por el desencuentro, sino de dotarnos de los medios para superar los problemas. ¡No nos indignemos, salvo con el sistema! Examinemos por qué en medio de la catástrofe de Valencia trabajaron al unísono tanto jóvenes como mayores
Si supiera el joven, si pudiera el viejo, dice un viejo refrán euskaldun. A la presente juventud no le resultará tierno el futuro y tendrán que adivinar cómo luchar como lo hicimos nosotros. Mientras que nosotros y nosotras hasta el último aliento ¡adelante!
El movimiento de pensionistas tiene mucho que enseñar. A pesar de sus errores y carencias, tiene la posibilidad de ser fuente de inspiración para las nuevas generaciones. Hay un tesoro enorme en nosotros y nosotras. Los camaradas, hombres y mujeres que veo en la punta del movimiento, han demostrado que son capaces de mantener las formas de lucha y organización aprendidas durante años. Casi todos los lunes hemos conseguido que miles de personas se concentren y se manifiesten a nivel de Euskal Herria. Mantenemos agrupaciones locales y una coordinación provincial y nacional, y también con otros colectivos de pensionistas del Estado. Hemos organizado giras ciclistas por toda Euskal Herria, protagonizadas por pensionistas; así como las marchas a pie al Parlamento de Gasteiz-Vitoria. Recolectamos el dinero necesario para financiar nuestras actividades y tener una potente red de comunicación entre nosotros y nosotras. Hemos sido capaces de lograr en 150 ayuntamientos el apoyo a la petición de 1080 euros para las pensiones mínimas.

Y en este momento hemos puesto la Iniciativa Legislativa Popular en el Parlamento Vasco para que la pensión mínima se equipare al salario mínimo interprofesional mediante complementos. Si lo conseguimos, el movimiento de pensionistas pasará a una nueva etapa y si no lo logramos tendremos que estudiar cómo seguir.
Responsabilidad, disciplina y a la vez alegría de vivir, y ganas de libertad. Buenas herencias para las nuevas generaciones, aunque las gestionen a su forma y sentir.
Por nuestra parte, solidaridad con nuestros nietos y nietas y con quienes no lo son. Estamos luchando no sólo por lo nuestro, sino por las generaciones venideras. Un salario digno para el trabajador del presente, además, es garantía de las pensiones de mañana. A eso llamamos solidaridad intergeneracional. La de los últimos mohicanos de nuestra generación.
Joxe Iriarte, Bikila es miembro del movimiento de pensionistas de Euskal Herria
Este articulo fue publicado en euskera, su versión original, en el diario Berria. y en la web gaurgeroa.eus

Kaixo, Ongi, no puede ser más Auténtico, de Nuestro pasado y Presente. Mila Esker, Continuaremos en la lucha , por Nuestra Euskal Herria Con Dignidad para Todas las Personas . Kanpora el régimen del 78 . Hemen bizi Hemen erabaki !! Aurrera Pensionistas.
Adelante camaradas. Euskal Herria. Viva la República. Viva.