CONSTRUIR RECORRIDOS DE VIDAS SOSTENIBLES.

IRATI MOGOLLON GARCIA

El confinamiento ha dejado en evidencia la situación de proyectos de vida frágiles y de falta de estrategias de vida. Hemos de abordar la cuestión de la creación de recorridos de vida individuales y colectivos.

En este tiempo de desescalada que nos han tocado en suerte, estamos oyendo muchas reflexiones y debates en torno a los pasos políticos necesarios. Se ha hablado también del caos emocional que ha provocado el confinamiento, pues en el tiempo que hemos estado en confinamiento impuesto ha sucedido que los fantasmas y juicios privados que permanecen ocultos en el frenesí de la cotidianiedad se han manifestado súbitamente.  

En cualquier caso hay una pregunta que es necesario subrayar, pues detrás de esa pregunta se ocultan más retos de los que creemos. “Y ahora qué?”. En esa pregunta se expresa la falta de orientación; a fin de cuentas, se puede decir que es una expresión que muestra la fragilidad de los proyectos personales de vida y la ausencia de una estrategia de vida. A decir verdad, la falta de una estrategia de vida y la fragilidad de los proyectos de vida no son cosas baladíes. 

En las líneas que siguen trataré de dimensionar las consecuencias de la falta de orientación en cuanto a las expectativas de vida, con la intención de esbozar el momento histórico que está en la base de esa pequeña frase. Para abordar esa reflexión, en primer lugar, hemos de hablar  de las expectativas biográficas. Las expectativas biográficas son la consecuencia de los naturalizados ciclos de vida estandarizados, y nuestras cotidianas estrategias de vida y los elecciones que hacemos siguen la línea marcada por esos ciclos de vida. Aún más, cada individuo va asumiendo los roles y funciones específicas ligados al tiempo biológico (o edad) de cada cual, sobre una narrativa del ciclo vital socialmente configurada.  A partir del subsconciente colectivo, esa narrativa definirá en gran medida el lugar que nos corresponde en la sociedad. Esto es, más pronto que tarde nos daremos cuenta en en nuestro recorrido vital hemos seguido esa hoja de ruta hegemónica, o de lo contrario, que nos hemos opuesto a esa hoja de ruta: estudios-empleo-pareja-hipoteca- hijos/hijas-jubilación-nietos. Las estrategias y tácticas para la sostenibilidad de la vida, queramos o no, las conformaremos según las indicaciones de ese mapa colectivo que tenemos en nuestras mentes, adecuándonos a los roles y objetivos correspondientes a cada fase de niño-adolescente-joven-maduro-anciano. Tal como he dicho, de acuerdo con esa hoja de ruta establecemos socialmente nuestras expectativas de vida, también los recursos y políticas públicas, y en general las sensaciones de estabilidad y éxito o de fracaso.

En esta última década, en cambio, siendo continuas crisis muy profundas, las fases de ese ciclo de vida se han alargado, se han producido rupturas entre las fases y han aumentado las intermitencias. Los tiempos de estudio se han alargado en el tiempo y se ha atrasado la edad de los que se emancipan de la casa de sus padres. La edad de  tener niño/niña también se va atrasando año tras año, en el caso de los quieren tener hijos. Hay una diferencia de 5,2 años entre la edad en que se pensaba tener descendencia y la edad real de hacerlo, según los datos del INE. En cuanto al empleo, las tasas de desempleo y la precarización de los contratos han disminuido las opciones posibles para decidir un trayecto laboral, y se ha convertido  en corriente saltar de un empleo y sector de trabajo a otro. Esas rupturas y desestabilidad han convertido en irrisorio el estatus “para toda la vida”: empleo para toda la vida, casa/vivienda para toda la vida, pareja para toda la vida, red de amistades para toda la vida… Esas rasgaduras alimentan malestares existenciales que son muy profundos. “Nada es fijo, nada es para siempre” es el nuevo mantra, y eso nos mantiene inevitablemente en una situacion permanente de alerta, y también en una vulnerabilidad emocional profunda e íntima. Tal como se ha dicho, ese célebre malestar tiene dimensiones existenciales profundas. ¿Quién soy? ¿Cuáles son mis redes? ¿En qué momento de mi vida me encuentro? ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué camino seguir para conseguir lo que quiero? ¿Y ahora qué?

“¿Qué ocurrirá cuando desaparezca la última generación que ha sido estable? ¿En cuántos casos podremos sostener los modos de vida inestables?”

Esa ruptura que se ha producido de una generación a otra ha traido reversibilidad en los ciclos de vida. Hay muchos ejemplos entre nosotros: personas que alrededor de los 50 años se han quedado en paro y han tenido que volver a vivir en casa de sus padres; quienes cumplidos los 30 años andan todavía sin poder independizarse; mujeres que con 35 años quisieran tener ellas solas descendencia y no no pueden dar ese paso por la inestabilidad económica o por la falta de una red sólida cuidados. Muchos, además, han podido levantar sus modos de vida no estables a partir de la estabilidad de la generación anterior: independizados gracias a la casa ofrecida por los padres, pudiendo atender a la educación de los hijos gracias al trabajo de cuidados de abuelas y abuelos (con una media de seis horas al día), llegando a fin de mes gracias a las ayudas monetarias de los padres… ¿ Qué ocurrirá, en cambio, cuando desaparezca esa última generación que ha sido estable? ¿En cuántos casos podremos sostener un modo de vida precario e inestable?

En la época posterior al COVID-19, tendremos que dar espacio de algún modo al problema de esa inestabilidad existencial. A decir verdad, la desestandarización de esos modos de vida puede ser interesante a la hora de poner sobre la mesa algunas otras alternativas.  Esa inestabilidad tiene, en cambio, sus riesgos. Pues los conservadurismos más  tajantes, las adhesiones más extremas a los discursos del odio, se extienden a partir de la necesidad de creer en algo y de sentirse de una identidad colectiva. Por ello, si queremos crear estrategias alternativas sostenibles y estructuras que sostengan una vida digna de ser vivida, es imprescindible politizar la inestabilidad y fragilidad que estamos viviendo. Además y más allá de los términos y planteamientos políticos y económicos, es totalmente necesario dar un espacio a la reflexión filosófica y emocional en torno al fracaso, al miedo, a la desorientación, a la soledad, a la desilusión y a emociones semejantes.  Hemos de retomar la construcción de las hojas de ruta de las vidas individuales y colectivas que han quedado abatidas en estas crisis que no acaban.  

IRATI MOGOLLON GARCIA

Investigadora en la Universidad del País vasco en Sociología y Economía Feminista y en está fase de presentar la tesis doctoral sobre “Estrategias colectivas de sostenibilidad de la vida en tiempos de crisis. Acercamiento a los casos de Calafou, Wikitoki y Ecosocial Lerma”.

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