Cuando el Matón se Quita la Careta: Venezuela, Gaza y el Silencio Cómplice

Puntu eta jarrai
Recordábamos en agosto que en el patio del mundo hay matones, víctimas y cómplices silenciosas. Hoy, mientras explosiones sacuden Caracas y los titulares anuncian el “juicio” a Maduro en suelo estadounidense, la pregunta resuena con más fuerza: ¿dónde están quienes proclamaban la soberanía como valor irrenunciable?
El patio del mundo tiene sus códigos, sus jerarquías brutales. Y ahora, ante nuestros ojos, se despliega una escena que debería helarnos la sangre: una potencia decide, unilateralmente, que puede secuestrar al presidente de otro país, juzgarlo en sus tribunales, bombardear su territorio. Todo ello sin que las instituciones internacionales muevan un dedo. Todo ello mientras Europa mira hacia otro lado o, en el mejor de los casos, emite comunicados tibios que nadie leerá mañana.
Macron se ha posicionado (a favor de los golpistas). Otras callan. Y ese silencio dice más que mil discursos.

El doble rasero como doctrina
Cuando Rusia invadió Ucrania, el mundo occidental se movilizó, con razón, para defender la soberanía de un pueblo. Sanciones económicas contundentes, ayuda armamentística masiva, solidaridad internacional. El discurso era claro: ningún país tiene derecho a invadir otro, a imponer su voluntad por la fuerza, a pisotear el derecho internacional.
¿Dónde está ese discurso ahora? ¿Dónde la defensa de la soberanía venezolana? ¿Dónde la indignación ante el anuncio de que Estados Unidos va a “juzgar” a un presidente que no ha pisado su territorio, que no es su ciudadano, que dirige un país independiente?
El silencio es ensordecedor. Y revela algo peor que la hipocresía: revela que para muchas, el derecho internacional solo aplica cuando conviene, solo cuando la agresora no es el matón del patio.
Gaza: cuando Europa mira hacia otro lado
Y luego está Gaza. Más de 60.000 víctimas mortales. Decenas de miles de heridas. Una cifra que cada día se actualiza mientras Europa emite declaraciones tibias, técnicas, calculadas para no molestar.
Alemania, que tanto habla de su responsabilidad histórica, envía armas. Francia condena “la violencia de ambas partes” en una equidistancia obscena entre ocupante y ocupado. España hace gestos simbólicos pero no rompe relaciones comerciales. La Unión Europea, esa que presume de valores y derechos humanos, mantiene sus acuerdos con Israel mientras en Gaza se acumulan los cadáveres.
No es solo lo que ocurre allí. Es la reacción europea, o la falta de ella, lo que nos define. Es esa tibieza calculada, ese miedo a incomodar a la aliada poderosa, esa capacidad de mirar para otro lado mientras se invoca el “derecho a la defensa” para justificar lo injustificable.
Cuando el matón es de los nuestros, cuando forma parte del club, entonces las víctimas se vuelven invisibles. Entonces los principios se relativizan. Entonces el derecho internacional se convierte en un texto que solo se aplica a las demás.

La estrategia de la tensión permanente
Hay un patrón que se repite: todas estas operaciones están dirigidas a aumentar el gasto militar en detrimento del gasto social. La aspirante a Nobel de la guerra, porque de eso se trata, de premiar la belicosidad disfrazada de liderazgo, quiere lo que a otras les falta. No establece criterios de intercambio comercial justo: va directamente a la rapiña global.
No ha conseguido incendiar el mundo con Rusia al frente. Irán mantiene su defensa medida, sin caer en la trampa. Yemen resiste. Entonces provoca en Venezuela. Y todo ello en escenarios ajenos, poniendo las bombas que causan destrucción y muerte fuera de su propio patio. Porque esa es la clave del matonismo imperial: nunca manchar tu territorio, siempre exportar el caos.
Mientras tanto, en casa, los presupuestos de sanidad se recortan pero los de defensa se disparan. Las pensiones se congelan pero los contratos militares baten récords. Las escuelas se quedan sin recursos pero las fábricas de armamento trabajan a tres turnos.
El negocio que no cesa
Porque detrás de cada guerra, detrás de cada conflicto, hay un negocio que florece: el de las armas. Las acciones de las grandes corporaciones armamentísticas suben en bolsa con cada nueva crisis. Los contratos millonarios se firman mientras se habla de paz. Las fábricas producen a pleno rendimiento mientras las políticas deploran las víctimas.
Europa se llena la boca hablando de valores pero sus empresas venden misiles, aviones de combate, sistemas de vigilancia. Y luego nos extrañamos de que los conflictos no se resuelvan. ¿Cómo van a resolverse si hay demasiados intereses en que continúen?
La guerra es, ante todo, un negocio. Y mientras sea rentable, habrá quien la alimente. Cada bomba que cae en Gaza, cada amenaza sobre Caracas, cada tensión en Yemen, es también una factura que alguien cobra. Y esa factura la pagamos nosotras: en recortes sociales, en vidas destrozadas, en futuros cancelados.
El petróleo siempre en el centro
No seamos ingenuas. Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo. Gaza está en una ubicación estratégica para el control energético del Mediterráneo oriental. Ucrania es pieza clave en el tablero geopolítico europeo.
Las guerras de hoy, como las de ayer, se libran por recursos y poder. Se visten de valores, de derechos humanos, de defensa de la democracia. Pero bajo la retórica, siempre está el crudo cálculo de intereses: el petróleo, el gas, las rutas comerciales. Y las armas que se venden para controlarlos.
Trump, ese señor cuyo nombre aparece en los papeles de Epstein, ese que debería estar respondiendo ante la justicia por tantas cosas, amenaza ahora con invadir un país soberano. Y lo hace abiertamente, sin pudor, porque sabe que puede. Porque el matón siempre puede mientras nadie lo detenga.

¿Y nosotras qué? El silencio de las nuestras
Hemos pasado décadas, generaciones enteras, exigiendo el derecho a la autodeterminación. Hemos defendido que ningún pueblo debe estar sometido a otro, que cada territorio tiene derecho a decidir su futuro, que la soberanía es sagrada.
¿Y ahora? ¿Dónde está ese discurso cuando Trump amenaza Venezuela? ¿Dónde está cuando la respuesta europea a Gaza es la tibieza cómplice?
El Gobierno de la CAV, el de Nafarroa, las instituciones de Iparralde… ¿Les parece bien? ¿O es que el derecho a la autodeterminación solo vale para nosotras, pero cuando la conquistadora es suficientemente fuerte, mejor mirar para otro lado?
No podemos llevar toda una vida exigiendo soberanía y luego convertirnos en cómplices silenciosas cuando otros pueblos la ven pisoteada. No podemos defender la paz y luego callar ante la guerra. No sin convertirnos exactamente en lo que denunciábamos: en quienes se adaptan al matón porque es más fuerte.
El miedo y la rabia: motores de la lucidez
Sí, da miedo. Da miedo ver cómo el matonismo se impone, cómo la fuerza bruta vuelve a ser el único idioma que importa en el patio del mundo. Da miedo constatar que las instituciones internacionales son papel mojado cuando la agresora tiene armas nucleares y cuenta corriente ilimitada.
Pero el miedo, si es lúcido, puede ser motor de resistencia. Y la rabia, si es justa, puede convertirse en dignidad.

¿Qué solución tenemos?
No tenemos ejércitos. No tenemos petróleo. No tenemos asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero tenemos algo que el matón nunca podrá quitarnos: la coherencia. La honestidad. La capacidad de llamar a las cosas por su nombre.
Tenemos la posibilidad de no ser cómplices silenciosas. De exigir a nuestras instituciones que se posicionen. De no normalizar el horror. De no acostumbrarnos a que “así son las cosas”.
La solución no es simple ni inmediata. Pero empieza por negarnos a mirar hacia otro lado. Por exigir el mismo rasero para todas. Por defender la soberanía de Venezuela con la misma convicción con que defendimos la de Ucrania. Por llamar genocidio a lo que Alemania prefiere no nombrar.
Y empieza también por preguntarnos, cada día, si estamos siendo consecuentes con los valores que proclamamos. Porque si el derecho a la autodeterminación solo lo defendemos cuando nos conviene, entonces nunca fue un principio: era solo una táctica.
En el patio del mundo hay matones, víctimas y cómplices silenciosas. La pregunta que nos define es simple: ¿de qué lado queremos estar?

El cinismo de Europa, está avalado, por todos los años que Cuba lleva bajo el bloqueo de los EE.UU.
La hipocresía de todos los gobiernos, que según conveniencia, no condenan a unos, pero si a otros, dependiendo de que tajada se puedan llevar.
Son piratas, con patente de……
El problema, es que por acción y omisión, se sigue asesinando personas.