El Patio del Mundo: Matones, Víctimas y Cómplices Silenciosos

Puntu eta jarrai
El recreo nunca termina
Imaginen por un momento que el mundo es un gigantesco patio de colegio. En este escenario, algunos han crecido demasiado rápido, han desarrollado músculos prematuros y han descubierto que pueden conseguir lo que quieren a base de empujones, amenazas y puñetazos. Son los matones del patio mundial: Donald (no el pato, sino el otro), Vladimir y Benjamin. Cada uno con su estilo particular de intimidación, pero todos compartiendo la misma lógica primitiva: la fuerza hace el derecho.
Estos matones han desarrollado una filosofía muy particular que podríamos resumir en una frase escalofriante: “Si no convencemos con la fuerza, aplicaremos más fuerza”. Es la mentalidad del gorila mayor que nunca se plantea si quizás el problema no es que pega poco fuerte, sino que está pegando. Cuando los resultados no llegan, la solución siempre es la misma: incrementar la dosis de violencia, como si la brutalidad fuera una medicina que simplemente requiere ajustar la posología.
Como en cualquier patio escolar que se precie, estos matones han convertido el recreo en su reino personal. Vladimir prefiere el método clásico: “Dame tu almuerzo o te pego”. Donald opta por una estrategia más sofisticada: “Si no juegas según mis reglas, no juegas en absoluto”. Y Benjamin, quizás el más hábil de los tres, ha perfeccionado el arte de presentarse como víctima mientras le quita el bocadillo al niño más pequeño: “Me está provocando, tengo derecho a defenderme”.
La diferencia entre el uniforme y quien lo lleva
Aquí conviene hacer una distinción importante, como cuando diferenciamos entre llevar la camiseta de Hiriburuko Ainhara y ser del Osasuna. El sionismo, como corriente política, no representa a todos los israelíes, del mismo modo que la matona de la clase no representa a todos los que van a su colegio. Dentro de Israel existen voces valientes que se oponen a las políticas de su gobierno, igual que siempre hay compañeras de clase de la matona que no aprueban su comportamiento, aunque a menudo prefieren el silencio por miedo o comodidad.

El negocio de los puños
Lo más perverso de esta situación es que, mientras los niños se pelean en el patio, hay adultos vendiendo piedras, palos y tirachinas a los contendientes. El complejo militar-industrial estadounidense facturó 2,24 billones de dólares en 2023, según el SIPRI. Para que nos hagamos una idea de la magnitud: es como si cada persona del planeta pagara 280 dólares anuales para mantener este negocio de la violencia.
Los lobbyes proisraelíes, particularmente AIPAC, han convertido Washington en una sucursal de sus intereses. Con 26 millones de dólares gastados en las elecciones de 2022, escalaron dramáticamente su influencia: AIPAC gastó casi 127 millones de dólares en el ciclo electoral 2023-2024, cumpliendo su promesa de invertir 100 millones de dólares para influir en las elecciones. Han conseguido que congresistas como Chuck Schumer, Nancy Pelosi y Lindsey Graham actúen más como representantes de Tel Aviv que de sus propios electores. Es el equivalente a que el matón del colegio haya sobornado a los profesores para que miren hacia otro lado cuando pega a los más pequeños.
Las voces disidentes: los valientes del patio
Pero como en toda buena historia, también hay héroes. Bernie Sanders, ese abuelo que nunca se cansa de denunciar las injusticias, propuso bloquear una venta de armas por valor de 675 millones de dólares. Aunque no lo consiguió, logró algo histórico: que más de 25 senadores demócratas votaran a favor. Es como cuando finalmente alguien se atreve a decirle al director que hay un problema de acoso en el patio.
Alexandria Ocasio-Cortez ha sido aún más directa, calificando el conflicto como “genocidio en desarrollo” y describiendo a AIPAC como “una organización extremista que desestabiliza la democracia estadounidense”. Son palabras que requieren valor en un ambiente donde criticar ciertas políticas puede costar muy caro políticamente.
Otros miembros del ala progresista como Ilhan Omar, Rashida Tlaib, Cori Bush, Greg Casar y Ayanna Pressley han formado un pequeño pero valiente grupo de resistencia. Son esos compañeros de clase que se atreven a interponerse entre el matón y su víctima, sabiendo que pueden ser los siguientes en recibir el castigo.
Y en Nueva York, Zohran Mamdani representa una nueva generación de políticos que no están dispuestos a perpetuar el silencio cómplice. Su elección como líder mayoritario demócrata para alcalde envía un mensaje: las nuevas generaciones no van a normalizar el acoso, venga de donde venga.
Europa: la profesora que mira hacia otro lado
Y en todo este drama, ¿dónde está Europa? Ursula von der Leyen y el proyecto europeo parecen haber adoptado el papel de esa profesora que prefiere no ver lo que pasa en el recreo. “No he visto nada, no he oído nada, y desde luego no voy a hacer nada que complique mi tranquila vida académica”.

Europa, que se jacta de ser la cuna de los derechos humanos y el derecho internacional, ha elegido el silencio cómplice ante las políticas más brutales. Es la actitud de quien prefiere la comodidad de no meterse en problemas antes que la dignidad de defender a los más débiles.
Esta pasividad europea no es casualidad. Es el resultado de décadas de dependencia energética, militar y económica que han convertido al Viejo Continente en una giganta económica pero de nula catadura moral. Como esa profesora experimentada que sabe perfectamente lo que está pasando, pero que ha calculado que intervenir le traería más problemas que beneficios.
El caso alemán merece mención aparte: es como esa compañera de clase que, habiendo sido la matona más brutal de la historia del colegio, ahora financia discretamente las piedras que otra matona lanza a las niñas más pequeñas. Alemania, que conoce mejor que nadie las consecuencias del odio sistemático, ha elegido mirar hacia otro lado mientras suministra armas y apoyo diplomático. Es una de esas ironías crueles de la historia: las víctimas de ayer observan en silencio cómplice cómo se perpetúan los patrones que ellas mismas sufrieron.
En Euskal Herria sabemos muy bien lo que es vivir bajo la bota de quien se cree con derecho a decidir por nosotras. Durante el franquismo y el postfranquismo hemos experimentado en carne propia lo que significa que te nieguen la lengua, la cultura, la dignidad. Por eso entendemos mejor que nadie el dolor de los pueblos aplastados por la fuerza bruta. El círculo de la violencia encuentra así nuevas protagonistas, pero los mismos métodos.
Los que pagan el precio
Mientras tanto, ¿quién sufre las consecuencias de este recreo salvaje? Los más débiles, por supuesto. Los desplazados, los hambrientos, los trabajadores precarios que ven cómo el presupuesto que podría destinarse a sanidad, educación o vivienda se evapora en humo de pólvora. Son esos niños tímidos del patio que llegan a casa con los libros rotos y la merienda robada, pero que nadie defiende porque no tienen padrinos poderosos.
Esta lógica perversa convierte cada fracaso en justificación para el siguiente escalón de violencia. Si 10.000 víctimas no han logrado la sumisión deseada, la respuesta es simple: vamos por 20.000. Es la aritmética macabra del poder sin límites morales, donde cada resistencia se interpreta no como señal de que quizás la estrategia es errónea, sino como evidencia de que hace falta más de lo mismo.

La hora de la verdad
Esta sátira del patio escolar mundial nos lleva a una reflexión incómoda: ¿cuánto tiempo más vamos a permitir que los matones gobiernen el recreo? ¿Hasta cuándo Europa va a mantener esa actitud de “no es mi problema”?
La impunidad del matonismo global se alimenta precisamente de nuestra pasividad, de nuestro silencio, de nuestra cobardía disfrazada de pragmatismo. Como en cualquier patio escolar, los matones solo paran cuando alguien los planta cara, cuando el resto de la comunidad dice “basta” y cuando las autoridades dejan de mirar hacia otro lado.
La diferencia es que aquí no estamos hablando de bocadillos robados o moratones en el recreo. Estamos hablando de vidas humanas, de pueblos enteros, de un futuro que se desvanece bajo el peso de la violencia normalizada.
Quizás sea hora de que Europa recupere su rol de adulto responsable en este patio mundial. Quizás sea momento de que imponga embargos reales, de que alce la voz y de que demuestre que los valores que predica no son solo decoración para los discursos dominicales.
Porque al final del día, cuando suene la campana que marque el fin del recreo, todos tendremos que responder a la misma pregunta: ¿fuimos cómplices silenciosos del acoso, o tuvimos el valor de defender a quienes no podían defenderse solos?
El patio del mundo nos está mirando. Y la historia, implacable como siempre, tomará nota.
Y como si fuera una cruel broma del destino, mientras escribimos estas líneas se conmemora el 79º aniversario de Hiroshima y Nagasaki. Nagasaki decidió no invitar a Israel a la ceremonia memorial, mientras que los embajadores de Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Canadá boicotearon la ceremonia en protesta. Es decir, que quienes arrojaron las bombas atómicas sobre población civil en 1945 ahora apoyan a quienes perpetúan la violencia contra civiles en Gaza.
No hemos aprendido nada. Los matones del patio siguen siendo los mismos: aquellos que un día incineraron dos ciudades enteras siguen controlando el recreo mundial, decidiendo quién puede llorar a sus muertos y quién no. La historia se repite como una pesadilla que nunca termina, y nosotras, una vez más, elegimos mirar hacia otro lado.

ge ial y elocuente paradoja
A los matones del patio solo puede combatirlos un buen Equipo Directivo. ¿Dónde están aquí el director y el jefe de estudios? Pues son precisamente los matones, así que estamos bien jodidos.
Sensacional la paradoja del patio. Es más fácil cerrar los ojos ante los abusos que enfrentarse a ellos. Es un poco cínico, pero también una verdad más grande que el universo.