El Tarajal no es un accidente
Ochenta y ocho muertos en la playa del Tarajal. La prensa estatal y europea repite desde hace días la misma coreografía: cifras, imágenes de la valla, ministros indignados, dedos acusadores entre Madrid y Rabat. Nadie, o casi nadie, cuenta por qué esas 88 personas estaban en el agua. Este artículo intenta contarlo, desde un pueblo con memoria de dictadura, represión y exilio.
1Lo que la prensa cuenta
El relato oficial ya lo conocemos: bulos en Facebook y WhatsApp que aseguraban que el Estado español había abierto la frontera, redes de tráfico que aprovechaban la sentencia del Supremo del 8 de julio contra las “devoluciones en caliente”, Marruecos relajando los controles, el PP hablando de fracaso, Vox hablando de invasión, la extrema derecha organizando viajes a Ceuta para “documentar” la crisis.
Todo eso es cierto. Y todo eso es la superficie. Debajo hay al menos tres capas que la prensa apenas roza.
2Primer porqué: un país secuestrado por su rey
Marruecos no es un país pobre. Marruecos es un país con una distribución de la riqueza obscena.
Mohamed VI tiene un patrimonio personal declarado de 8.200 millones de dólares (2019). Vive en doce palacios, tiene más de mil sirvientes y unos seiscientos coches. El presupuesto general del Estado destina cada año unos 250 millones de euros al mantenimiento de la Casa Real.
Lo importante no es la joyería, sino la estructura. El rey controla Al Mada, el mayor grupo financiero del país, con participaciones estratégicas en banca, seguros, minería, telecomunicaciones y energía. El primer ministro, Aziz Akhannouch, es el segundo hombre más rico del país, dueño del gigante de hidrocarburos Afriquia. A esto se le llama, con acierto, “capitalismo de palacio”.
Mientras tanto, el paro juvenil ronda el 35%. El analfabetismo, sobre todo femenino y rural, sigue siendo estructural. El terremoto de septiembre de 2023 reveló comarcas enteras sin agua corriente, sin carreteras decentes, sin médicos. Todo esto en el país que organizará el Mundial de 2030.
La gente que cruzó a nado el Tarajal, en su inmensa mayoría, es gente joven que ha entendido la ecuación: en su país no hay futuro para ellos por mucho que trabajen.
3Segundo porqué: majzén, monarquía absoluta y Sáhara Occidental
Desde una mirada vasca, criada en el cooperativismo, en el sindicato de barrio y en el debate público sobre la redistribución, el modelo político marroquí resulta incomprensible. El rey es a la vez jefe del Estado, “Comendador de los Creyentes” (autoridad religiosa suprema) y el mayor empresario del país. No hay separación entre poder político, religioso y económico. El aparato palaciego (el majzén) es lo que en la práctica gobierna. Periodistas como Omar Radi o Souleimane Raïssouni cumplen años de cárcel por reportajes incómodos.
Este modelo tiene un pilar exterior que hay que nombrar: el Sáhara Occidental.
Marruecos ocupa militarmente el Sáhara desde 1975, tras la Marcha Verde y el vergonzoso abandono del territorio por el Estado español agonizante de Franco. Desde entonces, la ONU considera al Sáhara un territorio no autónomo pendiente de descolonización. El pueblo saharaui vive dividido entre los territorios ocupados, bajo represión sistemática y con activistas y periodistas encarcelados o desaparecidos, y los campamentos de refugiados de Tinduf, en Argelia, donde llevan cincuenta años esperando el referéndum de autodeterminación que la ONU les prometió y nunca se ha convocado.
En marzo de 2022, el gobierno de Pedro Sánchez rompió con décadas de neutralidad y reconoció el plan de autonomía marroquí sobre el Sáhara. Fue una capitulación en toda regla: se hizo por carta, sin debate parlamentario, para satisfacer a Rabat tras la crisis de 2021. Argelia respondió cortando el gasoducto y congelando relaciones. Y así entramos en el bucle actual: cada vez que el Estado español se acerca a Argelia, como hizo Sánchez el 20 de julio de este año, apenas diez días antes de la avalancha del Tarajal, Rabat aprieta el grifo migratorio.
Y aquí hay que decir otra cosa: los negocios de Al Mada y del clan Akhannouch se extienden hasta el Sáhara ocupado. La “megalópolis del tomate” de Dajla, los fosfatos de Bucraa (que la UE compra sin hacer preguntas), la pesca en aguas saharauis. La ocupación no es solo militar. Es también un modelo de negocio del que participan grupos empresariales europeos.
4Tercer porqué: la gente sí se organiza, y paga por ello
Existe un argumento cómodo, repetido en Europa, que dice: “En Marruecos no hay resistencia porque el régimen no la permite”. Es falso. Y es un insulto.
En octubre de 2016, un vendedor de pescado llamado Mohcine Fikri murió aplastado por un camión de basura en Alhucemas, en el Rif, mientras intentaba recuperar la mercancía que la policía le había confiscado. De ahí nació el movimiento Hirak del Rif, liderado por un parado llamado Nasser Zefzafi. Sus reivindicaciones no eran independentistas ni revolucionarias: pedían un hospital oncológico, universidades, el fin de la militarización de su ciudad. Lo formulaban en tamazight, la lengua amazigh del Rif, y por la vía pacífica.
La respuesta del régimen: veinte mil policías desplegados en la región, más de doscientos activistas detenidos, Nasser Zefzafi condenado a veinte años de cárcel por “socavar el orden público y amenazar la unidad nacional”. Sigue preso hoy, ocho años después. En septiembre de 2025, durante el funeral de su padre, detuvieron a jóvenes por izar la bandera de la histórica República del Rif (1921-1926), la de Abd el-Krim, aplastada con armas químicas por el Estado español y Francia.
Que cada cual haga sus propios paralelismos. Una región periférica con lengua y cultura propias. Marginación económica desde la capital. Un movimiento social que pide dignidad y es criminalizado como “atentado contra la unidad nacional”. Líderes con veinte años por sedición. Banderas prohibidas. Esto no lo hemos leído estos días en la prensa estatal española. Es curioso.
5La memoria que aquí no se ha borrado
Bajo el franquismo, Hego Euskal Herria vivió cuarenta años de represión organizada: fusilamientos, cárcel, tortura, exilio, prohibición del euskera, de las ikurriñas, de las asambleas. Y aun así hubo ikastolas clandestinas en cocinas y sótanos, huelgas en Bandas de Echevarri y en la Standard, comisiones obreras, cuadrillas que pasaban libros prohibidos como quien pasa contrabando. La gente se movió. Sufrió, y muchas veces murió. Una parte de esa generación sigue viva: los pensionistas que salen los lunes por unas pensiones dignas son, en muchos casos, los mismos.
Aquello nos enseñó dos cosas que hoy, mirando a Marruecos, tenemos la obligación de recordar.
Primera. Bajo una dictadura la gente se organiza. Cuesta lo indecible, se paga un precio brutal, pero se organiza. El discurso de que los marroquíes están “sumisos” o “sin formación” es el mismo que la Europa de los años sesenta usaba con los antifranquistas. Falso entonces, falso ahora. Con la diferencia de que a los refugiados vascos y catalanes de aquellos años Europa les abría las puertas de París, Bruselas y Estocolmo. A los rifeños y saharauis de hoy los devuelve en caliente, y paga a Rabat para que los retenga.
Segunda. Cuando un régimen cierra todas las vías políticas de reforma, la única salida individual que queda es marcharse. Los que se quedan y se organizan caen. Los que no quieren caer, se van. Es el mismo mecanismo que empuja a un joven de Nador a jugarse la vida cruzando el espigón del Tarajal.
6La complicidad europea
La Unión Europea paga cada año a Marruecos varios cientos de millones de euros (solo en el capítulo de “gestión migratoria”, sin contar acuerdos pesqueros, agrícolas y arancelarios) para que contenga en su territorio los flujos hacia Ceuta, Melilla y Canarias.
Es un círculo perfectamente rentable para quien lo diseñó. El rey cobra por retener a su propia población empobrecida. Los gobiernos europeos venden a sus electores la ilusión de una frontera segura. Las empresas europeas mantienen su acceso privilegiado a fosfatos, tomates y pescado, buena parte de ellos extraídos del Sáhara ocupado. Los muertos los cuenta Ceuta.
7Cierre
Los ochenta y ocho del Tarajal salieron una noche de una playa marroquí porque en algún lugar de su cabeza pesaba más el mar que la vida que les esperaba en tierra. Cruzaron a nado un espigón que separa dos mundos mucho más conectados económicamente de lo que ningún discurso oficial reconoce.
Los muertos del Tarajal sí son responsabilidad de alguien. De varios. Nombrarlos es lo mínimo que les debemos.
