El valiente que cabía en un carrito

Internacional · Imperio · Estados Unidos

El hombre más fuerte del mundo salió de la cumbre de la OTAN escondido en un contenedor de catering, mientras su avión despegaba lleno de señuelos. La escena da risa. Pero cuando uno mira quién viajaba en ese avión —y quién viaja siempre en los aviones señuelo del imperio—, la risa se congela.

1La estampa perfecta

Imagina la escena. Ankara, final de la cumbre de la OTAN. Los focos, las banderas, el viejo Air Force One azul esperando en la pista como un decorado de teatro. El presidente sube por la puerta izquierda, saluda a las cámaras, todo el mundo aplaude. Con él suben los periodistas, algún ministro, la corte de siempre. La estampa perfecta del poder que no teme a nada.

Solo que el poder que no teme a nada no iba en ese avión.

Aclaremos, por si acaso: este Donald no es el pato de los tebeos. Es el otro. Aunque, visto lo visto, a veces cuesta distinguirlos.

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2El valiente en el contenedor

Mientras la comitiva despegaba rumbo a Inglaterra, el hombre fuerte —el que amenaza a medio planeta desde una red social— había sido sacado por el lado contrario del avión, plegado dentro de un contenedor de catering, izado entre los termos de café y las bandejas de canapés, y trasladado en secreto a un tercer aparato. Los periodistas y buena parte de su gente volaron creyendo que el jefe iba con ellos. No iba. Iban ellos de señuelo.

Intentas quitarte la imagen de la cabeza y no puedes. El matón del mundo libre, doblado entre las servilletas de papel, rezando para que no hubiera turbulencias en el carrito. ¿Tuvieron que retirar el cóctel de gambas para que cupiera? ¿Le abrocharon el cinturón a la nevera? La Historia, tan cruel con los detalles, no lo aclara. Lo que sí aclara es que toda la fanfarronería del matón cabía, al final, en la mueca de un cagueta escondido entre las bandejas.

Lo mejor vino después, cuando lo confirmó él mismo, encogiéndose de hombros:

«Solo tengo que hacer lo que me dicen; me dejo guiar por el Servicio Secreto y el ejército.»

El hombre más poderoso de la tierra, el que se vende como el que no obedece a nadie, obedeciendo sin rechistar y saliendo por la puerta de servicio. Matón de cara a la galería, cagueta a la hora de la verdad. Matón, sí, pero de los que sacan pecho cuando la sangre la ponen otros.

Todo esto sería una comedia deliciosa —el César escondido entre las bandejas— si la comedia, en su caso, no terminara siempre igual: con muertos que no salen en la foto.

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3Quién se queda en el avión

Porque conviene mirar quién se quedó en el avión.

Se quedaron los periodistas. Se quedó el personal. Se quedaron, según se ha publicado, hasta algunos de sus propios altos cargos, convertidos sin saberlo en carnada por si la amenaza —esta vez venida de Irán— se cumplía. Él a salvo; los demás, de escudo. Y ahí, en esa pequeña maniobra de aeropuerto, cabe una doctrina entera: que siempre haya otro cuerpo entre el peligro y el poderoso.

Ese avión señuelo no es una anécdota. Es un método.
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4Los señuelos de verdad

Los verdaderos señuelos llevan años volando y no aparecen en ninguna crónica. Son los pueblos que sobran en el mapa. Es Gaza, donde se cuentan por miles y miles los muertos que ya casi nadie se molesta en nombrar. Son los civiles bajo las bombas que caen «con precisión quirúrgica» sobre hospitales y colas de pan. Son las gentes corrientes —de Palestina, de Irán, de tantos sitios— a las que se convierte en figurantes de un relato donde el fuerte siempre está a salvo y la factura la paga el que no tiene avión de repuesto.

Da igual que en la Casa Blanca se siente un elefante republicano o un burro demócrata: la factura la firman los mismos.

Y cuidado, porque no es un hombre: es una máquina. Es un país que se mide en puntos del PIB y en capitalización bursátil, que ha dejado Irak en ruinas y Líbano en escombros, que perdió en Vietnam y perdió en Afganistán —que no todo han sido victorias— pero que allí por donde pasa deja el mismo desierto, gane quien gane el relato.

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5Los invasores que conocemos

Nosotros, en Euskal Herria, conocemos bien a los invasores. Los vemos llegar cada verano a nuestras costas: el alga que lo asfixia todo y no deja crecer nada debajo, la carabela portuguesa que aparece varada en la arena con su belleza venenosa. Llegan de fuera, colonizan, esterilizan lo que tocan y siguen su camino.

El imperio es exactamente eso: una especie invasora con himno y con bandera. Y cuando no invaden con barcos, invaden con bulos.
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6El pueblo dormido

Queda una última pregunta, y no es para ellos. Es para la sociedad en cuyo nombre se hace todo esto. Mientras su presidente se escondía en un carrito de catering, ¿hacia dónde miraba el pueblo estadounidense? ¿Están dormidos? Porque también a ellos les han dicho que todo va bien, que el jefe va en el avión de siempre, que la ruta es la de siempre. Y no. El vuelo de verdad va por otro lado, en secreto, y ellos siguen sentados, tranquilos, en el avión señuelo, sin que nadie se haya molestado en avisarles.

El hombre fuerte, resulta, cabía en un carrito de catering.

Lo único que no cabe en ningún contenedor es la cifra de los muertos.

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