La camiseta que no es la nuestra
Hace unas semanas hablábamos aquí de que somos biconceptuales, y de que nuestros valores son el marco desde el que interpretamos el mundo, aunque no siempre seamos coherentes con ellos. El Mundial nos acaba de regalar la mejor prueba de que aquella reflexión no era en vano: un ejemplo de manual, servido en cualquier bar de Euskal Herria.
El biconceptualismo en el Mundial
Hace unas semanas hablábamos aquí de que somos biconceptuales, y de que nuestros valores son el marco desde el que interpretamos el mundo, aunque no siempre seamos coherentes con ellos. Seguramente fueron, para más de uno, una txapa reflexiva —esa “pelmada” con vocación de charla, de las que uno aguanta por cortesía mientras piensa “no me des más la txapa”—. Pues bien: el Mundial nos ha regalado, esta misma quincena, la mejor prueba de que aquella txapa no era en vano.
No hace falta ni siquiera ponerse la camiseta para participar del espejismo: basta con animar. Y no es la mayoría, conviene precisarlo, sino algunos. Algunos que, probablemente, sean los mismos que esta temporada han sido consecuentes al denunciar sin ambages el genocidio en Palestina, colando esa denuncia allí donde el fútbol se lo ha permitido: en las gradas, en las pancartas, en los gestos de jugadores y aficiones. Gente que ha demostrado, con hechos, que el fútbol sí puede ser trinchera política cuando se quiere. Y sin embargo, cuando juega Antoñito Uretagoikobehekogaste —pongámosle este nombre, tan de aquí, tan simbólico en su ironía—, el mismo marco se apaga. El fútbol, dicen entonces, es aparte. No representa nada. Con el fútbol, según se ve, todo vale.
No hablamos de mala fe. Hablamos, precisamente, de lo que ya explicábamos: que no existe un centro coherente, que todos convivimos con marcos contradictorios activándose según el asunto y el momento. Pero conviene señalarlo sin condescendencia, porque hacerlo visible es el primer paso para resolverlo. Permítanos dudarlo, entonces. Una camiseta nunca es solo una camiseta. Ni siquiera cuando no se lleva puesta.
Una vieja reivindicación, no un capricho reciente
La Euskal Selekzioa no es una ocurrencia de fin de semana ni una rabieta identitaria. Es una reivindicación con décadas de recorrido, sostenida por un pueblo que ha visto cómo los estados que nos administran ponen trabas, dilatan, ningunean o directamente ignoran el derecho de una nación futbolística —con jugadores, afición, historia y equipos de primer nivel mundial— a competir bajo su propio nombre. No hablamos de un capricho folclórico. Hablamos de un derecho negado con la misma frialdad burocrática con la que se niegan tantos otros.
Y aquí está el meollo: no se entiende —o se entiende demasiado bien, que es peor— que quien lleva años levantando el puño por esa reivindicación se ponga después la camiseta de quien se la niega. No es incoherencia leve. Es una contradicción que merece mirarse de frente, sin condescendencia, pero también sin sermón: simplemente, con la elegancia de quien pregunta lo evidente.
Cuando el fútbol sí era trinchera
Lo curioso —lo triste, en realidad— es que en Euskal Herria supimos, no hace tanto, hacer del fútbol otra cosa. Se le llamó “el opio del pueblo”, sí, y con razón en muchos sentidos: distracción de masas, válvula de escape, anestesia colectiva. Pero aquí, además, el fútbol fue trinchera. Fue el lugar donde se coló la ikurriña cuando estaba prohibida, donde se cantaron consignas contra la represión, donde un estadio se convirtió, por unas horas, en el único espacio público donde ciertas cosas podían decirse sin que nadie las callara del todo. El fútbol, entonces, no era evasión: era otra forma de resistencia, camuflada de deporte.
Que hoy ese mismo instrumento se use al revés —para reforzar precisamente aquello contra lo que sirvió— no deja de tener su ironía amarga.
Del opio al negocio: la metamorfosis del balón
Porque el fútbol ha cambiado, y no ha cambiado a mejor. Ya no es solo anestesia: es negocio, con mayúsculas y con accionistas. Basta con mirar hacia el palco en cualquier gran estadio para entenderlo. Ahí ya no hay aficionados: hay empresarios, constructoras, fondos de inversión, políticos de gira.
Ahí estará, cómo no, el Rey de todos los españoles, cumpliendo con ese trabajo tan sacrificado que consiste en aplaudir sonriente mientras hace las veces de notario simbólico de la fiesta. Su sola presencia blanquea: legitima, normaliza, viste de institución lo que en otro contexto sería simplemente una operación comercial. Ese es el verdadero talento del fútbol de élite: convertir el blanqueo en espectáculo, y el espectáculo en excusa para no preguntar demasiado.
El caso de casa: cuando la camiseta tapa la fábrica
No hace falta irse muy lejos para ver el mecanismo funcionando. Ahí tenemos, sin ir más lejos, a Jokin Aperribay, presidente de la Real Sociedad —sociedad anónima, no lo olvidemos, propiedad de sus accionistas— y, a la vez, cabeza visible de SAPA, uno de los grupos de referencia de la industria armamentística española, con contratos ligados al Ejército español y proyectos como el FCAS o los vehículos blindados que la propia empresa exhibe con orgullo en sus catálogos. Nada ilegal, ténganlo claro: todo perfectamente público, perfectamente legítimo según las reglas del juego. Pero ahí está la cuestión: un club amado, arropado por su gente, sirve —quiéralo o no, lo busque o no su presidente— de fachada amable a un negocio cuyo producto final no es precisamente motivo de celebración.
A quienes de verdad amamos el fútbol como juego —el balón, la calle, el potrero, la emoción limpia— nos apena profundamente ver en qué se ha convertido. Y nos apena doblemente comprobar que, cuanto más dinero mueve, más sirve para lavar caras: da igual que sea la de un empresario, la de un rey o la de un régimen entero.
La FIFA, casa de subastas del prestigio
Y si hablamos de blanqueo institucional, no puede faltar la FIFA, la gran casa de subastas del prestigio internacional, capaz de vender su Mundial a quien pague mejor y mire para otro lado con la elegancia de quien no ha visto nada. Ahí cabe todo el mundo, incluido Donald Trump cuando conviene, incluido cualquier régimen que necesite una foto sonriente junto a un trofeo.
Lo que no se puede confundir
No se trata de renunciar al placer del fútbol. Se trata de no confundir el juego con el negocio que lo parasita, ni la pasión honesta con la utilería política que otros construyen sobre ella. Se puede amar un balón rodando y, al mismo tiempo, denunciar sin complejos los palcos, los blanqueos y las camisetas que representan justo aquello que llevamos generaciones combatiendo.
Después de tantos años de lucha por nuestra identidad, después de tanta ikurriña escondida y tanta consigna cantada entre gradas, lo mínimo que nos debemos —a nosotros mismos, a quienes lucharon antes— es no aplaudir de espaldas a nuestra propia reivindicación.
La Euskal Selekzioa no es nostalgia: es coherencia. Y la coherencia, como el buen fútbol, se demuestra jugando, no vistiendo los colores de quien nos niega el campo.
