La puerta sin nombre

Comedores sociales · Cuidados · Bilbao

En una calle de Irala hay una puerta verde sin letrero. Detrás se sirven comidas y cenas, todos los días, a personas que no tienen dónde comer. Nos atendió Antonio, que lleva muchos años en esto y no es un hombre joven. Esto es lo que vimos, y la pregunta que nos dejó: ¿por qué algo tan esencial sigue dependiendo de la buena voluntad?

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La puerta sin nombre

En una calle de Irala hay una puerta verde de madera, de dos hojas, con una cenefa de hierro forjado en la parte baja. No tiene letrero. Ni placa, ni rótulo, ni nada que indique qué es aquello. Quien pasa por delante ve un portal cualquiera.

Eso no es un descuido. Es la primera decisión del sitio.

Detrás de esa puerta se sirven comidas y cenas, todos los días, a personas que no tienen dónde comer. Que nadie pueda señalar desde la acera quién entra ahí es la forma más elemental de cuidado que se le puede ofrecer a alguien: no exponerlo.

Entrar a comer no debería costar la dignidad de ser visto entrando.

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Antonio

Nos atendió Antonio. Lleva muchos años en esto y nos explicó el funcionamiento con la naturalidad de quien lo ha hecho mil veces: sin discursos, sin pedir nada, como quien enseña su puesto de trabajo.

Conviene decir que Antonio no es un hombre joven. Está en una edad en la que, según el relato habitual, a uno le toca ser objeto de cuidados y no sujeto. Y sin embargo ahí está, en una cocina industrial, organizando el turno de las doce.

Merece la pena pararse en eso, porque la conversación pública sobre las personas mayores va casi siempre en una sola dirección: cuánto cuestan, dónde se les coloca, quién las atiende. Rara vez en la otra. Rara vez se cuenta cuántos servicios de esta sociedad se sostienen sobre gente que ya pasó la edad de jubilarse y sigue trabajando, gratis, porque alguien tiene que hacerlo.

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La cocina

Es una cocina profesional. Fogones grandes, dos freidoras, marmita, cámaras frigoríficas, acero inoxidable y las cosas en su sitio. No es una cocina improvisada ni una cocina de caridad: de ahí salen cientos de platos al día, y eso no se hace con buena voluntad y un puchero.

El horario está medido. Comidas de doce a una, en dos turnos: doce y doce y media. Cenas a las siete y a las siete y media, también en dos turnos. Se entra con una tarjeta que facilita el servicio municipal de acción social, se coge bandeja, hay primer plato y segundo.

Y hay un detalle en ese momento que merece atención. Desde hace un tiempo, cada persona elige la cantidad que quiere. Es una cuestión logística —evitar que sobre comida y acabe en la basura—, pero es también otra cosa: significa tratar a quien come como alguien con criterio sobre lo que necesita, y no como alguien a quien se le despacha una ración.

La diferencia entre asistir y atender cabe entera en ese gesto.

Comen deprisa. Antonio lo explica sin dramatismo, como un dato más del funcionamiento: es que su vida está en la calle. Los fines de semana la comida se da en bolsa, para que cada cual pueda comer donde esté.

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4

Ochenta personas que no cobran

En el comedor hay trabajadores. Y hay, además, entre setenta y ochenta voluntarios habituales. A ellos se suman los estudiantes que vienen de los colegios y el voluntariado de empresa, que últimamente está de moda.

El perfil es muy variado. Y aquí aparece algo que conviene decir en voz alta, porque desmonta la idea de que esto funciona de arriba abajo: a mucha gente le viene bien salir de casa y hacer una actividad así. Hay días en que aquel grupo funciona casi como una pequeña familia, o como una cuadrilla.

El comedor no solo da de comer a quien entra. También sostiene a quien cocina.

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De dónde sale la comida

Esta es la parte que menos se cuenta.

Todos los martes van al Banco de Alimentos: productos no perecederos, legumbres, conservas. Buena parte llega de las grandes cadenas de distribución. Pero detrás hay una red mucho menos visible y mucho más tozuda.

Cooperativas agrícolas. Productores de leche. Particulares que llevan años apareciendo con lo de su huerta. Colegios que recogen. Y las fiestas de los pueblos: la paella de sesenta kilos, la marmita que se hizo para cuatrocientos y comieron trescientos. Cuando se puede, eso se aprovecha. No siempre se puede.

Una parte de lo que se come en esa cocina viene de alguien que plantó tomates en Bizkaia y decidió no tirar los que le sobraban.

Eso no es beneficencia. Es una comunidad pasándose comida de mano en mano hasta que llega a quien la necesita.

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6

El convenio, y lo que el convenio no cubre

El comedor lleva unos veinte o veinticinco años coordinado con el Ayuntamiento mediante convenio. Aquí hay que ser precisos, porque la precisión es lo que separa el reconocimiento del autoengaño: el convenio no paga todos los gastos. Ayuda con casi todos. Casi.

En Bilbao hay tres comedores grandes además de este: el de Cáritas, el de una fundación, y las Siervas de Jesús para los desayunos. Entre los cuatro se cubre la mayor parte de las comidas de la ciudad.

Cuatro comedores. Convenios que cubren casi todo. Ochenta voluntarios. Huertas particulares. Sobras de fiestas.

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7

Lo que esto nos dice

No hay nada que reprochar a quien sostiene ese comedor. Al contrario: hacen un trabajo que la mayoría no haría, con una discreción que la mayoría no tendría, y lo hacen bien.

La pregunta es otra, y es para todos nosotros. Dar de comer cada día a cientos de personas es un servicio básico, tan básico como la sanidad o el transporte. Y depende de un convenio que no llega del todo, de que alguien tenga huerta, y de que ochenta personas decidan ir a trabajar gratis. Entre ellas, un hombre que ya tendría derecho a estar en casa.

Cuando algo así de esencial descansa sobre la voluntad de la gente que hace las cosas bien, lo que estamos diciendo es que no lo hemos convertido todavía en un derecho. Que sigue siendo suerte. Y la suerte, por definición, puede faltar.

Mientras tanto, la puerta verde seguirá abriéndose a las doce en punto, todos los días.
Sin letrero, sin nombre y sin publicidad.

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