Los Cuidados en Hegoalde: Las Preguntas que no nos Hacemos

Puntu eta jarrai

Reflexiones desde los datos de nuestros observatorios territoriales

Los números que no mienten y, además, nos ayudan a dimensionar la situación de los cuidados en Hegoalde.

Los observatorios sociales de Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa nos muestran la misma tendencia: envejecemos aceleradamente. Las gráficas ascienden inexorables mientras nosotros, que hoy debatimos sobre el modelo de cuidados, seremos mañana quienes los necesitemos.

Pero hay una pregunta que estos observatorios no formulan: ¿estamos construyendo el modelo de cuidados que querríamos para nosotros mismos? Es una pregunta enormemente política, porque las experiencias personales/familiares vinculadas a los cuidados son experiencias profundamente políticas.

Pese a que son ya 17 años desde que se aprobó el derecho subjetivo que tenemos los ciudadanos/as de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa a los cuidados y la protección (derecho reconocido en la Ley de Servicios Sociales), seguimos sin tener una referencia pública clara en relación con los cuidados como, por ejemplo, tenemos OSAKIDETZA en lo referente a la salud.

La realidad es que los cuidados se resuelven de manera escasa, sexista y mercantil; se discrimina a las personas por su lugar de residencia en la resolución de los cuidados; y, sobre todo, se conciben como un problema personal/familiar.

Puede que sea una realidad que no queremos ver pero…

La carga de los cuidados en los hogares vascos se dispara por el aumento continuo de dependientes y las tareas de atención a este colectivo son asumidas en mayor medida por personas de edad avanzada, de entre 65 y 74 años, sobre todo, mujeres.

En la misma línea, los hogares vascos con gastos extraordinarios por cuidados a dependientes alcanzan cifras récord en Araba, Bizkaia y Gipuzkoa: ya son 80.089; en apenas dos años han aumentado un 9,7% según el informe de necesidades sociales del Gobierno Vasco.

En paralelo, cae la demanda de servicios sociales públicos, mientras la atención privada o particular (familiar) se consolida como vía para resolver los problemas de cuidados.

Entremos en una residencia actual. El 90% de las personas que ingresan ya no vienen a vivir; vienen enfermas. Necesitan atención sanitaria constante, medicación compleja, seguimiento médico permanente. No son residentes: son pacientes. Sin embargo, no están en hospitales. Están en centros gestionados como “servicios sociales”, donde empresas privadas cobran por cuidar lo que el sistema sanitario público ya no quiere atender.

¿Por qué los enfermos no están en Osakidetza? ¿Por qué hemos inventado el concepto “sociosanitario” para describir algo que, en realidad, es sanitario?

Las preguntas incómodas sobre la gestión de los cuidados

El despliegue de los servicios de cuidados se ha realizado sobre privatizaciones (en la última década se han abierto 280 centros, solo 80 de titularidad pública, lo que no quiere decir que sean gestionados de manera pública).

Solo el 28% de las plazas es de titularidad pública; aunque la gestión pública solo alcanza el 17,5% (el 28,7% del personal de los centros de titularidad y gestión pública es subcontratado). Además, en el 60% de las plazas opera el ánimo de lucro. Las residencias con ánimo de lucro dominan la atención a mayores en la CAV. Se hace negocio con los cuidados.

Además, las privatizaciones más intensas se han dado en aquellos casos en los que las necesidades de apoyo eran menores, mientras que cuando las necesidades de apoyo aumentan y el beneficio a obtener de su provisión se difumina, el sector público se hace cargo de ella.

Todo ello tiene también consecuencias en las condiciones laborales de un sector altamente feminizado y precarizado.

Y la pregunta es: el modelo concertado, ¿a quién beneficia? Las residencias concertadas presentan una paradoja: la inversión la hace lo público, pero la gestión y los beneficios son privados. La ciudadanía paga dos veces: con sus impuestos para construir las infraestructuras y con sus aportaciones familiares para acceder a las plazas. ¿Es eficiente este modelo? ¿Es ético que el cuidado de nuestros mayores genere márgenes empresariales? ¿Qué otros sectores funcionan así?

La trampa de “mientras pueda, en casa”

Cuando preguntamos a las personas mayores dónde quieren envejecer, la respuesta es unánime: “en casa, mientras pueda”. Es comprensible, pero también revelador del fracaso del modelo residencial actual. ¿Huimos de las residencias porque son malas o porque no hemos sabido crear alternativas deseables? ¿Existe solo la opción binaria casa-residencia, o podríamos imaginar otras formas de cuidar y ser cuidados?

El coste oculto para las familias

Hoy, cuidar empobrece. Las familias se endeudan, las mujeres abandonan o reducen su trabajo, los ahorros de toda una vida se evaporan en mensualidades residenciales. Los cuidados penalizan y son uno de los pocos servicios públicos que se pagan, con un importante coste económico que también es diferente en función de dónde se viva. Las familias se tienen que buscar la vida cuando tienen necesidades de cuidados; lo hacen las que pueden, las demás esperan en listas de espera. ¿Es sostenible un modelo que arruina a las familias para cuidar a sus mayores? ¿Qué tipo de sociedad permite que el cuidado sea un lujo al alcance de pocos?

La cuestión del euskera

En muchos centros, nuestros mayores no pueden ser atendidos en su lengua materna. Personas que vivieron en euskera toda su vida deben pasar sus últimos años comunicándose en castellano. ¿Es esto aceptable? ¿Qué dice de nosotros como sociedad que no garanticemos el derecho a envejecer en la propia lengua?

La respuesta pública a las necesidades es diferente en cada Territorio Histórico, por lo que tenemos un sistema que discrimina por el lugar de residencia

En la CAV, cada diputación gestiona los cuidados con criterios diferentes. Una persona de Araba no tiene los mismos derechos que otra de Gipuzkoa. En Nafarroa, con su especificidad foral, desarrolla su propio modelo dentro del marco estatal. ¿Tiene sentido esta fragmentación? ¿Por qué aceptamos que el código postal determine la calidad de los cuidados que recibiremos?

La pregunta sobre el futuro

Cuando seamos nosotros quienes necesitemos cuidados, ¿qué modelo queremos encontrar? ¿Uno donde nuestro bienestar dependa de los balances empresariales? ¿Donde nuestras hijas tengan que elegir entre cuidarnos y trabajar? ¿Donde el cuidado siga sobre las espaldas de las mujeres? ¿Donde nuestro código postal determine la calidad de atención que recibamos? ¿O preferimos un modelo donde los cuidados sean considerados un derecho ciudadano, donde la gestión sea transparente y pública, donde podamos envejecer en nuestra lengua y en nuestra cultura?

La reflexión pendiente

No se trata de tener respuestas definitivas, sino de hacernos las preguntas correctas. Los observatorios sociales nos dan los datos demográficos, pero ¿quién nos está preguntando qué modelo de sociedad queremos ser?

La organización de los cuidados tal y como la conocemos ahora no es sostenible. La nuestra es una sociedad cada vez más envejecida, las necesidades de cuidado son cada vez mayores y lo van a ser todavía más.

¿Vamos a seguir aceptando como inevitable lo que en realidad son decisiones políticas? ¿Vamos a naturalizar un modelo que convierte el cuidado en negocio y la vejez en carga? ¿O ha llegado el momento de reflexionar seriamente sobre qué tipo de cuidados queremos, merecemos y podemos construir?

Porque al final, los cuidados no son solo una política sectorial. Son el espejo de una sociedad. Y el reflejo que vemos hoy debería hacernos pensar.Las respuestas no están en los observatorios. Están en nosotros y nosotras.

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2 Comments

  1. Un buen artículo. La clave es definir la sociedad que queremos y elegir y hacer elegir a nuestros dirigentes de forma clara entre sociedad de los cuidados vs mercado.
    Artículo acertado y necesario
    Gracias

  2. las residencias solo limpian y dan mal de comer, solo les interesa enrique erse

Utzi erantzuna

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