Para cuando terminen el tren, iremos en dron

Puntu eta jarrai
Un relato de sobrecoste, opacidad y prioridades torcidas
Empecemos por el final: cuando la Y vasca esté lista, si es que algún día lo está, probablemente ya viajaremos en dron. O habremos inventado el teletransporte. O simplemente habremos envejecido tanto esperando que ya no nos importará llegar rápido a ningún sitio.
Pero hay quien no ha esperado. Hay quien ya cobró.
Los números que no cuadran (y nunca cuadraron)
En los años 90, alguien dibujó una línea sobre un mapa y estimó el coste: unos 2.400 millones de euros. Cuando arrancaron las obras en 2006, la cifra ya había subido a 4.700 millones. Hoy, con el proyecto aún sin terminar, hablamos de 9.000 millones. Casi cuatro veces el presupuesto original. Un 110% de sobrecoste, si queremos ser elegantes con los porcentajes.
¿Dónde fue el dinero? A túneles complicados, sí. A cambios normativos, también. A retrasos que encarecen contratos, por supuesto. Pero sobre todo a una maraña de UTEs, subcontratas y empresas que facturan, cobran y desaparecen en la niebla administrativa. Nadie rinde cuentas completas. Nadie asume responsabilidades. El PNV gestiona desde Lakua, el PSOE o el PP desde Madrid según sople el viento electoral, y entre todos han construido una infraestructura que, más que vertebrar territorios, vertebra cuentas corrientes.

Plazos: una distopía en cámara lenta
Se prometió para 2017. Luego para 2023. Ahora hablan de 2026 o 2027, “si todo va bien”. Llevamos diez años de retraso sobre la fecha original. Diez años en los que los materiales se encarecieron, los contratos se renegociaron y alguien, en algún despacho con vistas, siguió cobrando comisiones de coordinación, supervisión y demás eufemismos.
Mientras tanto, la conexión con Navarra sigue sin decidirse. La frontera con Francia depende de calendarios ajenos, más allá de 2030. La Y vasca es, a día de hoy, una promesa a medio hacer que no conecta con nadie y que llegará tarde a todo.
El coste que no aparece en los presupuestos
Hasta 2018 se documentaron nueve muertes de trabajadores en las obras del TAV. Nueve personas que no volverán a casa. Desde entonces, silencio. No hay registro público actualizado. No hay memorial. No hay informe oficial que nombre a cada uno de esos muertos, que explique qué falló, quién era responsable de la seguridad, qué empresa cortó gastos donde no debía.
Nueve vidas, al menos, enterradas bajo túneles, aplastadas por maquinaria, borradas del relato oficial. Porque hablar de muertos complica las ruedas de prensa. Porque poner nombre y apellido a los fallecidos obliga a señalar responsables. Y en la Y vasca, la responsabilidad siempre está diluida en tres siglas, cuatro administraciones y una cadena de subcontratación imposible de seguir.
Este es el coste humano del tren. Y es insoportable que sea el coste invisible.
El tren que nadie pidió
Algunos creíamos en el tren. En el tren de verdad. En el de cercanías que conecta barrios y pueblos cada quince minutos. En mejorar los trazados que usamos a diario para ir a trabajar, para llevar a los críos al colegio, para no depender del coche. En electrificar líneas que aún funcionan con diésel. En frecuencias dignas que no te obliguen a calcular tu vida según horarios imposibles.
Eso sí sería una inversión para la ciudadanía de a pie. Eso sí vertebraría territorios y descongestionaría carreteras. Eso sí tendría impacto real, inmediato, en la vida de miles de personas cada día.
Pero no. Se eligió el tren de alta velocidad. El tren que une capitales en las que ya hay autovía, aeropuerto y servicio convencional. El tren pensado para ejecutivos con prisa, turistas de paso y, sobre todo, para grandes contratos que mueven miles de millones. El tren que necesita obra faraónica, túneles imposibles, estaciones de diseño y, por supuesto, décadas de ejecución.
¿A quién le interesa realmente este tren? No al vecino de Eibar que casi llega antes andando a Arrona que esperando el tren. No a quien vive en un pueblo del interior sin conexión ferroviaria desde hace años. No a quien cada mañana se juega la vida en una carretera colapsada porque no hay alternativa en transporte público.
Y mientras hablamos de gastar 9.000 millones en alta velocidad, nadie propone recuperar el tren de Maltzaga a Gasteiz que existía y fue desmantelado. Eso sí era conexión útil, cotidiana, para gente real. Pero rehabilitar lo que ya funcionaba no da gloria ni contratos millonarios.
El TAV es la gran infraestructura que justifica presupuestos infinitos. Las cercanías son “gasto corriente”, invisible, poco lucrativo. Y ahí está la clave: invertir en lo que la gente necesita no da titulares ni contratos millonarios. Mejorar cercanías es mantenimiento, es gestión seria, es pensar en lo cotidiano. Y eso no le interesa a quien gobierna pensando en la foto de la inauguración.

Mientras tanto: lo que no se construye
No hay dinero, dicen. Para las pensiones, no hay. Para la sanidad pública, tampoco. El presupuesto del Departamento de Salud cae en 2026 por debajo del 31% del total por primera vez desde 2008. Las listas de espera crecen. Los centros de salud se desangran. La atención primaria colapsa. Y la respuesta es siempre la misma: externalizar, subcontratar, derivar a lo privado.
Para las residencias de mayores, tampoco hay. La gestión pública brilla por su ausencia mientras se multiplican los conciertos con empresas privadas. Y las trabajadoras que cuidan a nuestras ancianas, porque son mayoritariamente mujeres, cobran salarios de miseria, con contratos precarios y jornadas agotadoras. Pradales y las suyas ilustran perfectamente el refrán: “cuando el tonto coge la linde, la linde se acaba y el tonto sigue”. Ellas siguen, mandato tras mandato, privatizando lo público, precarizando el cuidado, sin detenerse a mirar el destrozo que dejan. Cuidar mayores con dignidad, contratar trabajadoras en condiciones dignas, gestionar públicamente lo que debe ser público… eso no da rédito electoral ni económico.
Pero para el tren, siempre hay. Siempre hay una partida más, una revisión al alza, un crédito extraordinario. Los mismos gobiernos, PNV y PSOE, con el PP de invitado ocasional, que recortan en sanidad y congelan pensiones encuentran miles de millones para una infraestructura que lleva veinte años sin terminar y que llegará obsoleta a un mundo que ya viaja de otra manera.
Con una fracción de esos 9.000 millones se habría podido:
- Duplicar las frecuencias de cercanías en todo Euskadi.
- Electrificar todas las líneas pendientes.
- Construir intercambiadores modernos y accesibles.
- Crear una red de transporte público integrado, eficiente y barato.
- Contratar personal sanitario suficiente para acabar con las listas de espera.
- Blindar las pensiones más bajas durante una década.
- Crear una red pública de residencias de mayores con plantillas dignas y contratos decentes para las trabajadoras.
Pero esas inversiones no dan gloria. No se inaugura una línea de cercanías mejorada con alfombra roja. No se corta cinta para celebrar que el ambulatorio funciona bien. No hay placa de mármol para recordar que las pensiones son dignas. Ni fotos con las cuidadoras que cobran lo justo por cuidar lo que más importa.
Las prioridades están claras. Y están torcidas.

La pregunta incómoda
¿Para quién es este tren? No para quien espera seis meses por una resonancia. No para quien cotizó cuarenta años y cobra una pensión de miseria. No para los nueve muertos de los túneles. No para quien necesita ir a trabajar cada día y no tiene cómo. No para las trabajadoras que cuidan a nuestras madres y abuelas en residencias privadas con sueldos indignos.
Es para las constructoras que facturan por fases. Para los consorcios que ganan licitaciones opacas. Para los gestores que rotan entre el sector público y el privado sin despeinarse. Para quienes convierten la inversión pública en negocio privado y llaman a eso “desarrollo”.
Epílogo
La Y vasca se terminará algún día. O no. Da igual. Para entonces ya habremos entendido que el verdadero tren de alta velocidad es el que lleva dinero público a cuentas privadas sin frenos, sin control y sin paradas incómodas.
Algunos ya llegaron a su destino.
Los demás seguimos esperando en el andén. El andén del tren de cercanías que nunca llega.
Datos basados en informes de seguimiento del proyecto TAV, auditorías europeas, presupuestos públicos del Gobierno Vasco y documentación disponible hasta 2025. La opacidad en cifras oficiales, especialmente en siniestralidad laboral y desglose de adjudicaciones, es en sí misma parte del problema.

La Y vasca se terminará algún día. O no. Da igual. Para entonces ya habremos entendido que el verdadero tren de alta velocidad es el que lleva dinero público a cuentas privadas sin frenos, sin control y sin paradas incómodas.
Algunos ya llegaron a su destino.
Los demás seguimos esperando en el andén. El andén del tren de cercanías que nunca llega.
ESTA TODO DICHO Y TODO POR HACER, PERO VOLVEREMOS A PAGAR POR TUNELES, VIAS RAPIDAS Y CON EXTRAS RELLENAR BOLSILLOS DE SUBPOLITICOS APEGADOS AL PODER.
Datos basados en informes de seguimiento del proyecto TAV, auditorías europeas, presupuestos públicos del Gobierno Vasco y documentación disponible hasta 2025. La opacidad en cifras oficiales, especialmente en siniestralidad laboral y desglose de adjudicaciones, es en sí misma parte del problema.