¿Por qué votan contra sí mismos?

Opinión · Política · Hego Euskal Herria

El 6 de enero de 2021, miles de personas asaltaron el Capitolio de Estados Unidos. No eran millonarios. Eran camioneros, dependientas, autónomos con deudas, gente que madruga. Estaban allí jugándose la cárcel por un multimillonario que no habría cruzado la calle por ninguno de ellos. Muchos acabaron presos. Él acabó en la Casa Blanca, y su círculo, más rico que nunca.

La escena se repite con acentos distintos. En Argentina, jubilados que llegan justos a fin de mes aplauden la motosierra que corta su propia rama. En Francia, la líder que se presenta como azote de las élites ha sido condenada por meter la mano en el dinero de todos los europeos, y su voto obrero no deja de crecer. Aquí tampoco estamos a salvo: los herederos de siempre avanzan precisamente en los barrios que más van a pagar sus políticas.

La tentación es despreciar a esos votantes: “no saben lo que hacen”. Es una respuesta cómoda. Y es, exactamente, la respuesta que nos tiene perdiendo.

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1Nadie vota con la calculadora

Porque nadie vota con la calculadora. Votamos con lo que somos. Votamos al que nos nombra, al que cuenta una historia donde nuestra vida importa. Y la derecha, hay que reconocérselo, cuenta una historia redonda: el mundo es una selva, te han humillado, te han olvidado, y yo voy a castigar a los culpables. Que los culpables señalados sean falsos —la vecina migrante, el funcionario, “los políticos”— y que los verdaderos responsables queden a salvo detrás del dedo que señala, es lo de menos. La historia no apela a la razón: apela a la herida. Y herida hay mucha.

Frente a eso, los datos rebotan. Puedes demostrar la condena, publicar el patrimonio, auditar la mentira: quien ha abrazado el relato no recibe tus datos como información, los recibe como un ataque de los suyos contra los nuestros. Sobre ese mecanismo se ha levantado una industria entera. El bulo no es un accidente: es un negocio. Medios, redes, púlpitos y seudoperiodistas viven —y viven muy bien— de fabricar miedo e indignación a diario.

Hay gente haciéndose rica con la rabia de gente pobre.
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2La escuela es la madre de todas las batallas

Tampoco esto es casual. A los de arriba nunca les ha interesado que los hijos de los de abajo estudien. Una ciudadanía formada, que lee, que compara, que pregunta, es mala clienta para el bulo y mala votante para el salvador de turno. Por eso cada traba a la escuela pública, cada tasa universitaria, cada aula masificada, no es solo una injusticia de hoy: es una inversión política para mañana. El votante que necesitan no nace; se fabrica, generación tras generación, cerrando puertas. Quien decide que estudiar vuelva a ser cosa de familias con apellidos no está gestionando: está criando a sus futuros votantes.

Este pueblo sabe lo que cuesta una escuela. Lo sabe por la dignidad de la pública, sostenida durante décadas por maestras y maestros que hicieron de cada aula un lugar donde ningún apellido valía más que otro. Y lo sabe por las ikastolas, levantadas a base de auzolan, con dinero recogido calle a calle y horas regaladas por familias trabajadoras cuando la lengua propia no cabía en ninguna escuela. Dos esfuerzos enormes, nacidos del mismo empeño: que estudiar no fuera un privilegio. Esa herencia doble es la vara con la que hay que medir lo que se hace hoy con la educación. Y hoy la pregunta incómoda es otra.

La hemos visto este mismo junio, con la polémica de los ceros de euskera en las pruebas de acceso a la universidad. Y la reacción del Gobierno de los tres territorios fue de manual: señalar a los examinadores. Pedir explicaciones a la universidad, poner el foco en los tribunales, en las correcciones, en las revisiones. En todo menos en lo esencial. Porque los correctores no tienen la culpa del nivel; el nivel es hijo de un sistema educativo que ese mismo Gobierno lleva décadas gestionando.

Matar al mensajero es más barato que leer el mensaje.

Cuando un alumno llega a la prueba con sobresalientes de su centro y un tribunal externo le devuelve la realidad, la pregunta no es qué pasó en el examen, sino qué pasaba en el aula. ¿Cuántos centros llevan años tratando el euskera como una “maría” —así llamábamos a las asignaturas que se aprobaban sin estudiar—, inflando notas para que nadie proteste, mientras cobran dinero público por enseñar una lengua que no enseñan? ¿Por qué quien gobierna pide cuentas al tribunal que suspende y no al centro que aprobaba? Un colegio que trata el euskera como una maría está enseñando algo, sí: está enseñando que el euskera no importa. Y esa lección, a diferencia de la lengua, se aprende a la primera.

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3El espejo incómodo

Y ahora, el espejo. ¿Por qué quienes decimos defender a la gente trabajadora no conseguimos ilusionarla? En parte, porque llevamos décadas creyendo que basta con tener razón. Que con dar el dato correcto, la gente votará lo correcto. Mientras, el adversario invertía en fundaciones, en medios, en palabras. Nosotros gestionamos; ellos cuentan historias. Y las historias ganan.

En parte, también, porque demasiada gente siente —y no siempre sin motivo— que la izquierda habla un idioma de despacho que ya no nombra su vida. Y porque cada promesa incumplida, cada corrupto propio, cada exdirigente progresista aterrizando en un consejo de administración, abre la puerta por la que se cuela el “todos son iguales”. Y cuando todos son iguales, gana el que grita más.

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4Lo nuestro, aquí

No hace falta mirar a Washington. Osakidetza la hemos levantado entre todas y todos, nómina a nómina, durante generaciones. Es nuestra. Pues bien: cada concierto con la privada, cada servicio “externalizado”, cada lista de espera que empuja hacia el seguro privado a quien puede pagarlo, es lo mismo con distinto nombre: coger lo que es de todos y ponerlo a producir beneficio para unos pocos. Lo llaman gestión moderna.

Llamémoslo por su nombre: vender lo que es tuyo sin preguntarte.

Las puertas giratorias son la versión con corbata: el cargo público que regula un sector y aterriza después en las empresas de ese sector. La decisión de todos, al servicio de unos pocos. Y nuestros mayores, que levantaron este país, terminando sus días en residencias convertidas en negocio de fondos de inversión, como la pandemia retrató sin piedad. Todo eso ocurre aquí, con gobiernos que se dicen de todos los colores, en los tres territorios y en Nafarroa. Y mientras tanto, una asimetría que debería quitarnos el sueño: hay quien es investigado hasta el tuétano y hay biografías enteras de poder que jamás han pisado un banquillo. Cabe preguntarse de dónde vienen, y hacia dónde miran, quienes deciden qué se investiga y qué no.

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5Recuperar las palabras

¿Qué hacer? Primero, defender la educación con uñas y dientes —esa herencia doble que tanto costó levantar—, porque es la única vacuna duradera: no hay bulista que sobreviva a una generación que lee. Segundo, recuperar las palabras. Dejar de hablar de “gasto sanitario” y hablar de la salud de todos. Dejar de decir “externalización” y decir regalar a empresas amigas lo que pagamos entre todos. Dejar de aceptar “ajuste” y decir recorte a los de abajo. Quien pone los nombres, gana la discusión antes de empezarla.

Porque la pregunta del título tiene trampa. Nadie vota contra sí mismo por estupidez. Vota a quien le ofrece orgullo, pertenencia, un lugar en la historia. El día que volvamos a ofrecer eso —una historia verdadera, donde cuidarnos entre todos sea la fuerza y no la debilidad—, la paradoja empezará a deshacerse. Las manos que asaltaron el Capitolio son las mismas que podrían levantar escuelas. Depende de quién les cuente la mejor historia.

Que vuelva a ser la nuestra.

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