Que el eclipse no nos eclipse
El pasado 12 de agosto el cielo de las tres provincias se apagó durante minuto y medio. Fue hermoso, y fue gratis. Pero hay eclipses que no duran noventa segundos: los que, un año tras otro, ocultan la sanidad que se recorta, los cuidados que se deterioran y las pensiones que no llegan. Un repaso a lo que el telediario dejó en sombra.
El pasado 12 de agosto, al filo de las ocho y media de la tarde, el cielo de las tres provincias hizo algo que no hacía desde hacía más de un siglo: se apagó. La Luna se puso delante del Sol, el día se volvió noche durante minuto y medio escaso, aparecieron estrellas donde no tocaba, y miles de personas miraron hacia arriba con sus gafas de cartón homologadas. Por si fuera poco, esa misma noche caían las perseidas. Lo llamaron el día de los dos atardeceres, y con razón: fue hermoso, fue raro, fue de esos momentos que se cuentan durante años.
Y estuvo bien. Ver un eclipse total es un privilegio, y este verano tocó gratis y en casa. Si miraste al cielo aquella tarde, entre txosna y txosna, hiciste bien: no todos los días el universo hace su truco más elegante justo encima de nuestras cabezas.
Pero la ciencia dejó, de paso, una metáfora demasiado buena para desaprovecharla. Un eclipse es, al fin y al cabo, un cuerpo opaco que se coloca delante de la fuente de luz y proyecta su sombra sobre quienes están debajo.
Bastaba con encender el telediario de la ETB para comprobarlo. Salió el eclipse. Salieron las fiestas. Salieron las colas de gente feliz en los miradores orientados al oeste, los reportajes sobre las gafas, los mapas de dónde se veía mejor. Todo muy luminoso. Lo que no salió, o salió de refilón y con música de fondo, es lo que se queda en sombra el resto del año. Porque hay una Luna que lleva tiempo tapando el Sol, y esa no aparece en la previsión meteorológica.
Osakidetza
Mientras mirábamos al cielo, el Departamento de Salud siguió derivando pacientes a la privada como quien vacía un cajón. La receta es siempre la misma: recortar durante años, no cubrir las sustituciones, dejar crecer las listas de espera hasta que se desbordan y presentar entonces la externalización como la única salida razonable. Quien lleve más de seis meses esperando un quirófano público, que se opere en el concertado. Este año, unos 500 millones de euros de dinero de todos irán a parar a empresas privadas, mientras una de cada tres personas paga además un seguro por su cuenta, no vaya a ser. Lo público asume lo complejo y lo caro; lo privado se queda con lo rentable.
Los cuidados
Y luego están las residencias, esa sombra que nunca terminó de irse desde 2020. No hace falta que nadie lo invente: lo han dicho ya miles de personas. La encuesta Cómo quieres que te cuiden, impulsada por Babestu, Gipuzkoako Senideak y Zaintza Araba, recogió 2.427 respuestas en las tres provincias, casi dos de cada tres de gente que conoce el sistema por dentro. El veredicto no admite matices: apenas un 14 % confía en el modelo actual; el 85 % restante desconfía, y esa desconfianza es idéntica en familias, trabajadoras y ciudadanía sin vínculo directo. No es queja de parte: es unanimidad.
¿Y qué modelo es ese que casi nadie defiende? Uno en el que el 91 % de las plazas residenciales son privadas —el 95 % en Bizkaia—, a un coste medio de unos 3.500 euros al mes, sin precio regulado, capaz de ir liquidando el patrimonio de toda una vida. El negocio, de nuevo, derivado hacia quien toca. Y un dato que lo resume todo: preguntada por ingresar en una residencia tal como están hoy, solo una de cada doce personas lo pondría como primera opción; pero si esa residencia garantizara dignidad, trato y compañía, la aceptación se triplica.
Y pide, con una nota de 9,2 sobre 10, exactamente lo mismo que damos por sentado en la sanidad o en la escuela: que sea público, que sea un derecho y no un negocio. Todo esto, con una población que envejece a ojos vista: una de cada cuatro personas supera ya los 65 años, y en 2050 serán más de una de cada tres. El mayor desafío que tenemos por delante, gestionado como quien esconde el polvo bajo la alfombra.
Y mientras tanto
Los pensionistas y los trabajadores siguieron, esa tarde y todas las demás, con los mismos problemas de siempre. Pensiones que se revalorizan a regañadientes, y de las que no hace tanto se recortó el poder adquisitivo con aquella subida del 0,25 % que tardamos años en digerir. Y, sobre todo, una brecha que no se apaga ni con la Luna delante: las mujeres cobran una pensión de jubilación casi un tercio más baja que los hombres. Las mismas que sostuvieron durante décadas los cuidados que ahora faltan en las residencias —criar, atender, acompañar sin cobrar ni cotizar— reciben al final del camino la factura de haberlo hecho.
Aquella tarde, la totalidad duró su minuto y medio y el Sol volvió a salir por detrás de la Luna, como sale siempre. Los eclipses de verdad tienen esa virtud: se van solos, y uno sabe la hora exacta a la que termina la oscuridad.
El otro eclipse —el que tapa los recortes con fuegos artificiales y deriva el negocio hacia los amigos de siempre— no se va solo. Ese hay que quitarlo a mano. Y no se quita mirando al cielo con gafas de cartón, sino mirando al suelo: a las listas de espera, a los pasillos de las residencias, a las pensiones, a las encuestas que ya dicen todo lo que hay que saber.
Así que sí: está bien salir a mirar arriba y emocionarse con lo que la naturaleza regala gratis, que en estos tiempos, en los que casi todo se cobra, no es poca cosa. Pero cuando el Sol vuelve a su sitio y la ETB pasa a otro asunto, toca bajar la vista. Porque las fiestas terminan, el eclipse termina, las perseidas caen y se apagan.
Los objetivos, no. Esos siguen ahí, a plena luz, esperando que no nos dejemos eclipsar.
En las tres provincias.
