Sin olvidarnos de Euskal Herria

Puntu eta jarrai
La memoria como acto político
Cuando una amama se sienta con su nieta y esta le pregunta “¿eres de la posguerra?”, no está simplemente intercambiando anécdotas. Está transmitiendo valores, está tejiendo la continuidad de un pueblo. Nosotras, jubiladas y pensionistas de Euskal Herria, sabemos que nuestra responsabilidad no termina con la edad laboral. Al contrario, comienza una nueva: la de ser memoria viva, la de no permitir que el olvido triunfe.
Un pueblo milenario dividido
Somos herederas de uno de los pueblos más antiguos de Europa. Nuestra historia se mide en milenios, no en siglos. Sin embargo, vivimos una paradoja dolorosa: Euskal Herria existe como realidad cultural, lingüística y humana, pero permanece fragmentada por fronteras ajenas. La división entre la CAV y Nafarroa, la indefinición territorial de Iparralde donde Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa Beherea ni siquiera tienen reconocimiento propio—, son heridas que sangran en silencio.
Zazpiak bat. Siete territorios que deberían ser uno. Pero la división no es solo geográfica: es administrativa, es política, es una estrategia de debilitamiento. Y nosotras, ¿hemos aceptado esta fragmentación como inevitable? ¿Hemos dejado de nombrarla por cansancio, por pragmatismo, por modernidad?

Euskera: la lengua que nos nombra
El euskera es, según diversas teorías, la única lengua pre-indoeuropea que permanece viva en Europa. Todas las demás serían erdiera, erdera: medias lenguas. No es arrogancia, es un hecho lingüístico que debería llenarnos de orgullo y de responsabilidad.
Este idioma no es un adorno folclórico. Es el instrumento con el que nuestras antepasadas nombraron el mundo, es la estructura mental con la que entendemos la realidad. Perderlo es perder una forma única de estar en el mundo.
Las que lo hablamos, debemos hablarlo. Las que somos analfabetas en euskera y no hay vergüenza en ello, sabemos por qué nos lo arrebataron, podemos aprenderlo, leerlo un poco cada día, recuperarlo paso a paso. Y desde Gaurgeroa, reivindicamos con firmeza nuestro derecho a ser atendidas en euskera, especialmente en los espacios de cuidado y en los servicios públicos. Porque envejecer en nuestra lengua es envejecer en dignidad.
La brecha de género: cuando se capitaliza el trabajo
Nosotras cargamos con una doble marca de invisibilidad. Como mujeres, sostuvimos con nuestro trabajo no remunerado la economía de los cuidados que permitió que el mundo funcionara. Parimos, criamos, cuidamos, alimentamos, limpiamos, consolamos. Pero aquí está la trampa del sistema: se capitaliza el trabajo. Solo se reconoce como trabajo productivo el realizado fuera del domicilio, el que cotiza, el que genera plusvalía visible. El trabajo auxiliar, sin el cual el trabajo productivo sería imposible, no se considera rentable. Por lo tanto, no cotiza.
Esta es la raíz de la brecha de género en las pensiones. No es un accidente, no es una consecuencia colateral: es una estrategia deliberada del capitalismo patriarcal. Quien sostiene la vida, quien hace posible que otros trabajen, quien cuida para que el sistema funcione, recibe a cambio pensiones de miseria.

Y ahora, en la vejez, ese trabajo no cuenta. Nuestras pensiones son más bajas, nuestra precariedad es mayor, nuestra voz cuenta menos. El capitalismo y las religiones nos prometieron protección si éramos buenas, si éramos sumisas, si nos sacrificábamos. Nos dijeron que nuestro lugar era el hogar, que nuestra recompensa vendría después. Y aquí estamos: envejeciendo en la precariedad que ellos diseñaron, con pensiones que no alcanzan, con una brecha de género que nos acompaña hasta la tumba. Porque nunca cotizamos por el trabajo que sostiene el mundo.
Pero nosotras no aceptamos el papel de víctimas silenciosas. Sabemos lo que valemos, sabemos lo que hicimos, y exigimos que se reconozca. La justicia social no es un favor, es un derecho. La redistribución de la riqueza no es caridad, es reparación.
Solidaridad sí, pero también con nosotras mismas
Somos, por cultura, un pueblo solidario. Nos conmueven las injusticias del mundo, nos movilizamos contra los genocidios, no podemos quedarnos impasibles cuando asesinan niñas cada día. Y está bien. Está bien ser solidarias con las causas justas.
Pero existe una paradoja que debemos nombrar: a veces resulta más fácil apoyar causas lejanas que las propias. Nos volcamos en conflictos externos mientras nuestra propia realidad ,la división territorial, la pérdida del euskera, la precariedad de nuestras pensiones, la falta de soberanía, queda en un segundo plano.

No se trata de elegir. Se trata de no olvidarnos en el camino. Se trata de entender que la solidaridad empieza también por nosotras, por lo nuestro, por Euskal Herria.
El tiempo recuperado para pensar
El capitalismo nos robó el tiempo. La velocidad del día a día, la obsesión por “la pasta”, nos impidió reflexionar, cuestionar, imaginar. Vivimos aceleradas, sobreviviendo, sin espacio para preguntarnos hacia dónde vamos.
Ahora, jubiladas, recuperamos ese tiempo. Y con él, la posibilidad de pensar, de construir colectivamente, de plantar preguntas incómodas. ¿De dónde venimos? ¿Dónde estamos? ¿Hacia dónde queremos construir nuestro futuro?
Estas no son preguntas nostálgicas. Son preguntas políticas. Y desde Gaurgeroa, las hacemos en voz alta.
Los valores que no negociamos
Apostamos por una gestión pública, universal, gratuita y de calidad. No queremos que los fondos buitre gestionen nuestras residencias, no queremos que especulen con nuestra vejez. Defendemos servicios públicos con participación social real, donde las usuarias seamos también decisoras.

La sanidad pública es innegociable. No aceptamos que nuestra salud se convierta en mercancía, que las listas de espera crezcan mientras se fortalece lo privado, que nuestros cuerpos envejecidos sean menos rentables y por tanto menos atendidos. Exigimos una sanidad vasca pública, de proximidad, que nos atienda en euskera cuando lo necesitemos, que entienda que envejecer es también vivir.
Apostamos por el feminismo como herramienta de liberación colectiva. No solo de las mujeres, sino de toda la sociedad. Porque el patriarcado empobreció a todos, aunque a nosotras nos golpeara más.
Apostamos por la solidaridad intergeneracional. Envejecer no es desaparecer: es aportar experiencia, sabiduría, memoria. Queremos envejecer con dignidad, en comunidad, sin que nadie quede atrás.
Y apostamos por la soberanía. Por herramientas propias que respondan a nuestra realidad, no a intereses ajenos. Un sistema vasco de gestión pública que abarque pensiones, sanidad, cuidados y protección social no es una utopía: es una necesidad urgente y perfectamente viable. Porque solo desde lo propio podremos construir lo justo.
Euskal Herria gera, eta izango gara
Somos Euskal Herria. Las abuelas, las jubiladas, las pensionistas. Las que sabemos lo que es la honradez, la comunidad, el trabajo colectivo. Las que no permitiremos que el modernismo borre nuestra terminología, que la prisa entierre nuestra historia, que el capitalismo compre nuestro silencio.

Desde Gaurgeroa miramos al mañana sin soltar el pasado. Porque el pasado no es nostalgia: es cimiento. Y sobre ese cimiento construimos futuro.
No dejaremos que nuestra nieta crezca sin saber quién es, de dónde viene, en qué lengua sueñan sus antepasadas. No dejaremos que Euskal Herria sea un recuerdo borroso, una postal turística, una anécdota.
Euskal Herria gera. Somos y seremos. Y mientras una de nosotras respire, esta tierra tendrá memoria, voz y futuro.

Me parece un artículo extraordinario: por su calidad, profundidad y relevancia.