Somos biconceptuales
Hay una persona que conoces. Quizá es tu vecina, alguien de la cuadrilla, o quizá eres tú misma en algún momento. Defiende con convicción la sanidad pública, se indigna ante cada recorte en las pensiones, sabe perfectamente que el trabajo de cuidados ha recaído históricamente sobre las mujeres sin reconocimiento ni retribución. Y sin embargo, cuando llegan las elecciones, o cuando se trata de trasladar esas convicciones al terreno de las decisiones colectivas, algo se interrumpe. El pensamiento y la acción no siempre caminan juntos.
Los marcos que no vemos son los que más nos condicionan
Todo debate político se desarrolla dentro de un marco: una estructura mental que organiza qué cuenta como problema, qué cuenta como solución, qué es razonable pedir y qué resulta impensable siquiera plantear. Los marcos no son neutrales. Llevan implícita una visión del mundo. Y la persona o institución que consigue instalar su marco es quien define el terreno donde se juega la partida, antes incluso de que el debate comience.
Cuando la conversación sobre las pensiones se enmarca como una cuestión de sostenibilidad financiera, el terreno ya está inclinado de manera decisiva: la pensión digna se convierte en un gasto que hay que justificar, y no en un derecho que hay que garantizar. Cuando los cuidados se enmarcan como un asunto privado y familiar, la responsabilidad recae sobre las mujeres de cada hogar, y no sobre la sociedad en su conjunto. Cuando el derecho a vivir en euskera se enmarca como una preferencia cultural y no como un derecho fundamental, cualquier avance en su normalización parece un privilegio concedido y no una reparación debida.
En todos estos casos, el marco no es solo una manera de hablar. Es una manera de pensar. Y una vez que un marco se instala en el lenguaje cotidiano, resulta extraordinariamente difícil cuestionarlo desde dentro, porque las mismas palabras que usamos para debatirlo ya lo están reproduciendo.
La biconceptualidad vasca: entre el domingo y el lunes
En Euskal Herria, como en cualquier sociedad compleja y viva, la biconceptualidad tiene texturas propias y profundamente reconocibles.
Hay personas que defienden con absoluta convicción que este pueblo debe poder decidir sobre sus pensiones, su sanidad y sus cuidados, y que al mismo tiempo, llegado el momento de concretar esa capacidad de decisión en lo cotidiano y en lo electoral, activan otro marco: el de la prudencia, la estabilidad o el pragmatismo inmediato. No hay en ello mala fe. Hay dos marcos reales y honestos que coexisten en la misma persona.
Hay mujeres que han vivido en su propia biografía la desigualdad que el feminismo denuncia —décadas de trabajo no remunerado, pensiones de miseria, dependencia económica construida gota a gota— y que sin embargo sienten una cierta distancia ante ese mismo feminismo como categoría política organizada. No porque no reconozcan la injusticia que han sufrido. Sino porque el marco en que se les presenta no siempre conecta con el marco más profundo y arraigado desde el que entienden su propia vida y su propia dignidad.
Y hay personas que apoyan en abstracto el euskera y su presencia en la vida pública, pero que cuando la normalización se concreta —que la médica atienda en euskera, que los servicios sociales funcionen en euskera, que los cuidados a sus mayores sean en su lengua— activan el marco de lo complejo, lo costoso o lo divisivo. El apoyo genuino está. El marco que lo traduciría en exigencia concreta, no siempre se activa.
Una pregunta que vale la pena sostener
¿Qué significa todo esto para quienes trabajamos por la justicia social en Euskal Herria?
Significa, en primer lugar, algo liberador: la gente a la que queremos sumar no es adversaria. Lleva dentro, con frecuencia, el mismo marco que nosotras queremos ver activado. No hay que convencer a nadie de valores que ya posee. Hay que encontrar las palabras, los relatos y los momentos que hagan emerger lo que ya está ahí, latente y real.
Significa también que la pregunta relevante no es tanto si tenemos razón en nuestras reivindicaciones —que la tenemos, y los datos la avalan—, sino cómo llegamos a quienes ya comparten, en el fondo, los mismos valores que sostenemos, pero que aún no han encontrado el puente entre esos valores y sus decisiones colectivas.
En la segunda parte de esta reflexión abordaremos precisamente eso: qué podemos hacer desde gaurgeroa.eus para activar esos marcos compartidos, qué inercias conviene revisar y por qué nuestros valores son, ya hoy, un puente hacia mucha más gente de la que a veces imaginamos.

Diría que el tema que se aborda en este artículo, resulta un “poco complejo”. Por ejemplo, en los medios de comunicación, digamos estatales, efectivamente hablan de las pensiones considerándolas “un gasto”, mientras que el gasto en el mantenimiento de la monarquía, lo definen como “asignación”. Así mismo, en esos medios se leerá que alguien murió “por los tiros de la GC”, cuando en realidad fue un asesinato. No es que exista “un doble lenguaje”, se trata de presentar una realidad distinta. Claro está que, quien tiene bien definidos los conceptos, no los cambia por otros cual Groucho Marx…