Tejiendo redes: la comunidad como fuerza transformadora para redistribuir los cuidados.

“El artículo de Ainara Bilbao, estudiante del Grado en Enfermería en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), resulta de especial interés al analizar las desigualdades de género en los cuidados y proponer estrategias transformadoras como el autocuidado y las redes comunitarias. Su enfoque crítico y propositivo contribuye al debate sobre la equidad en salud y la necesidad de replantear los roles tradicionales en el ámbito de los cuidados.

La desigualdad de género en el ámbito de los cuidados no es una percepción ni una exageración. Es una realidad medible y profundamente enraizada en nuestras sociedades. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo, las mujeres realizan el 76,2% de todo el trabajo de cuidados no remunerado a nivel mundial. Esto significa que dedican 3,2 veces más tiempo que los hombres al cuidado de niños, personas mayores, enfermas o con discapacidad, además de las tareas del hogar.

Estas cifras reflejan algo más que un desequilibrio: revelan un sistema que se sostiene sobre el sacrificio silencioso de millones de mujeres. En mi formación como estudiante de enfermería y a través de experiencias compartidas en espacios de reflexión comunitaria, he podido ver cómo este desequilibrio se traduce en agotamiento físico, estrés emocional y, en muchos casos, en la renuncia forzada a oportunidades laborales, formativas y personales.

En muchas familias, el cuidado se sigue viendo como algo “natural” en las mujeres, como si fuera una extensión del instinto maternal o del rol doméstico. Esta creencia, además de injusta, perpetúa una estructura que limita la libertad y el bienestar de las mujeres. Muchas veces nos sentimos culpables por priorizarnos, como si el descanso, el placer o el crecimiento personal fueran lujos que no nos corresponden.

Frente a esta realidad, el autocuidado no es una moda ni un capricho. Es una necesidad. Es una forma de resistencia cotidiana y una herramienta de empoderamiento. Cuidarnos implica escucharnos, respetar nuestros tiempos, poner límites, decir “no” sin culpa, y también pedir ayuda. Implica reconocer que nuestro bienestar es valioso y que nadie debería cargar en soledad con la responsabilidad de sostener a los demás.

En uno de los talleres en los que participé, propusimos un ejercicio colectivo llamado “Tejiendo redes”. A través de dinámicas participativas, compartimos nuestras formas de cuidarnos, nuestras emociones, deseos y habilidades. Lo simbólico se hizo real: un hilo pasó de mano en mano, creando una red que nos unía. La metáfora era clara: si una suelta el hilo, la red se debilita. Todas somos importantes. Cada gesto cuenta. Y ninguna está sola si nos cuidamos entre todas.

Estas redes de apoyo no son solo emocionales: pueden traducirse en acciones concretas. Si a una le gusta cocinar, puede liderar talleres. Si otra disfruta caminar, puede organizar paseos grupales. Si alguien tiene conocimientos sobre salud, puede ofrecer orientación. Así, la comunidad se convierte en un espacio donde el cuidado se comparte, se reconoce y se celebra.

Pero también hace falta un cambio estructural. Es necesario que el cuidado deje de ser invisible. Que se reconozca en las políticas públicas, en los servicios de salud, en la economía. Que los hombres asuman responsabilidades. Que las instituciones lo promuevan. Que no recaiga siempre en las mismas espaldas.

La corresponsabilidad, la redistribución de las tareas, el acceso a espacios seguros para el autocuidado y el acompañamiento emocional son parte de una transformación más grande: una sociedad más justa, donde el cuidado no sea una carga ni una trampa, sino un acto consciente y compartido.

Porque el cuidado no tiene precio, pero sí ha tenido un coste demasiado alto para las mujeres. Ya es hora de cambiarlo.

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