Un papel en el cajón y una conversación que no puede esperar
Muchas personas hemos firmado ya el documento de voluntades anticipadas. No es eutanasia, pero es un primer paso hacia una conversación que llevamos demasiado tiempo aplazando. Escribimos desde ese lugar: el de quienes ya hemos decidido cómo queremos morir y creemos que ha llegado la hora de hablar sin miedo, y sin gritar, del resto.
1Un papel en el cajón
En muchas casas hay ya un papel firmado, guardado en un cajón o entregado al médico de cabecera. Lo llaman documento de voluntades anticipadas, o testamento vital. Son tres o cuatro folios en los que hemos dejado por escrito qué queremos, y sobre todo qué no queremos, para cuando llegue un momento en el que ya no podamos decirlo por nosotras mismas. No a la reanimación cuando ya no hay vuelta atrás. No a intubaciones que solo alargan la agonía. No a semanas en una UCI para conseguir tres días de conciencia dolorida.
Los que hemos firmado ese papel sabemos algo que cuesta reconocer en voz alta: a cierta edad, la muerte deja de ser una idea abstracta. La hemos visto de cerca. Hemos acompañado a padres, a hermanos, a amigas. Hemos cuidado en habitaciones de hospital, hemos hablado en pasillos con médicos que ya no sabían qué decir, hemos vuelto a casa preguntándonos si aquello había sido una buena muerte o simplemente una muerte alargada por costumbre.
2Firmar no es eutanasia, pero es un paso
Firmar el documento no es eutanasia. Conviene decirlo claro desde el principio, porque es una confusión muy frecuente. Las voluntades anticipadas son un derecho reconocido desde hace más de veinte años en el Estado español, y lo único que hacen es garantizar que, si un día no podemos hablar, alguien lea lo que decidimos cuando aún estábamos en condiciones de decidir. Nada más. Y nada menos.
Pero firmarlo sí es un paso pequeño en una dirección importante. Porque para llenar ese papel hemos tenido que sentarnos a pensar cosas que llevamos toda la vida esquivando. ¿Qué es para mí una vida que merece la pena? ¿Dónde está mi límite? ¿A quién le confío las decisiones si yo no puedo? Y una vez pensado eso, cuesta no dar el siguiente paso: preguntarnos qué pasa cuando la ley no llega hasta donde llegan nuestros deseos.
3Lo que nos cuentan desde fuera
En los Países Bajos la eutanasia está regulada desde hace más de veinte años. Un estudio reciente encargado por su propio Ministerio de Sanidad ha revelado algo interesante: el número de personas que piden morir con ayuda médica no ha dejado de crecer, hasta representar más del seis por ciento de todos los fallecimientos del país. Y no ha sido porque la ley se haya vuelto más permisiva —no ha cambiado— sino porque ha cambiado la manera en que la sociedad habla de la muerte. Con más naturalidad. En casa. Con los médicos. Con los amigos.
Ese mismo estudio, sin embargo, advierte de algo que no podemos pasar por alto: parte del aumento puede tener que ver con las carencias del sistema sanitario y de cuidados. Personas que piden morir no solo porque están enfermas, sino porque están solas, porque tienen miedo de ser una carga, porque no encuentran los cuidados paliativos que necesitarían. Ese aviso es serio y hay que escucharlo. Pero no es un argumento contra la eutanasia. Es un argumento a favor de cuidar mejor.
4La ley española: un principio, no un final
En junio de 2021 se aprobó en el Estado español la ley que regula la eutanasia. Fue un avance —lo fue, y merece reconocimiento— pero se quedó por el camino. Solo contempla los casos en los que hay “enfermedad grave e incurable” o un “padecimiento grave, crónico e imposibilitante”. Quedan fuera situaciones que existen y que a muchas personas mayores no nos suenan a ciencia ficción: la demencia avanzada de quien dejó por escrito lo que quería cuando aún podía escribir; el cansancio vital de quien siente que la historia de su vida ya está contada; el sufrimiento que no cabe en un diagnóstico pero que igualmente duele cada mañana al despertarse.
Estos casos son debate abierto y complicado, con riesgos reales que hay que mirar de frente. Merecen ser hablados con calma, no zanjados a base de eslóganes. Y ahí es donde nos atascamos: no logramos hablarlos sin que alguien acuse al otro de “cultura de la muerte” o de “fanatismo”.
5Y desde Hego Euskal Herria, ¿qué?
Hay una pregunta que aparece en cuanto uno piensa en todo esto viviendo en Hego Euskal Herria: ¿por qué desde aquí no podemos hacer las cosas de otra manera? La respuesta técnica es que la eutanasia se regula mediante una ley orgánica, atada además al Código Penal, y esas son competencias que la Constitución reserva íntegramente al Estado. Traducido: aunque Osakidetza y Osasunbidea gestionan nuestra sanidad, ni el parlamento de las tres provincias ni el de Nafarroa pueden ampliar los supuestos por su cuenta sin chocar con la ley estatal.
Eso no nos deja sin margen. Podemos exigir que la ley existente se aplique aquí con todas las garantías: que quien se acoge a ella no se tope con plazos que se alargan hasta perder sentido, con objeciones de conciencia mal gestionadas o con falta de personal formado. Y podemos, sobre todo, hacer bien lo que sí es competencia nuestra: los cuidados paliativos, la atención sociosanitaria, el acompañamiento a las personas mayores solas. Para que nadie llegue a la puerta de la eutanasia porque el resto de puertas estaban cerradas.
6Lo que está en nuestra mano
Al margen del debate grande, hay cosas concretas que están al alcance de cada quien. Firmar el documento de voluntades anticipadas si aún no lo hemos hecho —se puede hacer en el propio centro de salud o ante notario, no cuesta dinero y no cuesta demasiado tiempo—. Hablarlo en casa con los hijos, con la pareja, con quien queramos que tome la palabra por nosotras el día que no podamos. Y perder el miedo a nombrar la muerte en la mesa, entre café y café, como se nombran las otras cosas importantes de la vida.
Porque hay una inercia —médica, cultural, familiar— que confunde alargar la vida con cuidar a la persona, y que a veces convierte los últimos meses en un calvario técnico que nadie eligió. Contra esa inercia, firmar un papel es un gesto pequeño pero real. No es eutanasia. Es solo pedir que se nos escuche cuando ya no podamos hablar.
El resto —hasta dónde debe llegar el derecho a decidir sobre nuestra propia muerte— es la conversación pendiente. Ojalá seamos capaces de tenerla sin gritar.
Nos jugamos mucho en cómo la tengamos. Y nos jugamos mucho, sobre todo, si no la tenemos.
