Vivir de Euskal Herria, tributar fuera de ella

Punto eta jarrai

Cada verano, las carreteras vascas se tiñen de rojo, blanco y verde. Familias enteras madrugamos para colgar ikurriñas en los puertos de montaña, para gritar el nombre de sus ciclistas, para sentir que ese corredor que sube el Jaizkibel o el Arrate lleva algo de todas nosotras en cada pedalada. También ondeamos banderas por la libertad de los presos vascos, por Palestina, por causas que consideramos justas. Llenamos los estadios, compramos las camisetas, defendemos con orgullo cada triunfo como si fuera nuestro. Porque en cierto modo, lo es. O eso creíamos.

Estos días, la noticia de un ciclista vasco investigado por posible dopaje ha dejado entrever, casi de puntillas, un detalle: reside en Andorra. Y no es el único. Tampoco nos vamos a meter en si se dopa o no, ese es otro tema, pero sí en esto: ¿por qué fijan su residencia fuera de Euskal Herria?

La paradoja de la bandera

Nosotras, las de a pie, cotizamos religiosamente en las Diputaciones Forales de la CAV y Nafarroa. Pagamos nuestros impuestos mes a mes, año tras año. Mujeres que trabajan por salarios precarios, pensionistas que apenas llegan a fin de mes, familias que malviven por debajo del umbral de la pobreza. Todas sosteniendo, con honradez y sin aspavientos, el sistema que nos permita tener una sanidad pública digna, servicios de cuidados que no colapsen del todo, pensiones que al menos intenten ser justas. Y lo hacemos a pesar de que muchos de nuestros dirigentes parecen empeñados en desmantelar lo público, porque privatizar también es una forma de robar: robar lo que es de todas para entregárselo a unos pocos.

¿Y para qué? Para que luego quienes más ganan, quienes tienen la posibilidad de contribuir de verdad, busquen la manera de no hacerlo. No todos, claro. Sería injusto generalizar. Hay deportistas que siguen viviendo aquí, que pagan sus impuestos aquí, que entienden que formar parte de una comunidad también significa sostenerla. Pero son demasiados los que no.

La pregunta incómoda

¿Por qué fijan su residencia fuera? Es razonable suponer que las ventajas fiscales juegan un papel importante. Andorra, Suiza, Mónaco… lugares donde la presión tributaria es infinitamente menor. Allí el tipo impositivo general puede rondar el 10%, frente al 45% o más que corresponde a las rentas altas en Euskal Herria. Pero incluso sin entrar en juicios sobre las motivaciones personales, el resultado es el mismo: quienes más ganan, quienes tienen la posibilidad de contribuir de verdad, no lo hacen aquí.

Y no están solos. Las grandes empresas de casa  berdrola, CAF, Petronor y tantas otrasl, llevan décadas jugando al mismo juego. Sociedades que generan beneficios millonarios en nuestro territorio pero que, gracias a ingeniería fiscal, deducciones y estructuras opacas, apenas pagan impuestos. Y por si fuera poco, muchas de ellas reciben subvenciones públicas. Dinero de todas nosotras que va a parar a quienes menos lo necesitan. Empresas que facturan miles de millones mientras una trabajadora con contrato precario paga más proporcionalmente que ellas.

Las grandes empresas llevan décadas haciéndolo. Multinacionales que facturan millones en nuestro territorio pero declaran en Irlanda o Luxemburgo. Y las de casa, las vascas de toda la vida, Iberdrola, CAF, Petronor…, que gracias a ingeniería fiscal apenas tributan mientras reciben subvenciones. Sociedades instrumentales que permiten a fortunas personales tributar menos que una empleada de hogar. Y ahora también nuestros deportistas, esos a quienes animamos como si fueran de la familia, se apuntan al mismo juego.

Si queremos servicios públicos, necesitamos que todos contribuyan

No es una cuestión moral abstracta. Es tremendamente práctica. Si queremos carreteras en buen estado, hospitales que funcionen, residencias de mayores dignas, escuelas públicas de calidad, pensiones que permitan vivir con decencia… alguien tiene que pagarlo. Y ese alguien somos todas. O deberíamos serlo.

Pero cuando los que más tienen se van, la carga recae sobre quienes menos pueden permitírselo. Sobre las trabajadoras, sobre las pensionistas, sobre las familias que ya están al límite. Y mientras tanto, seguimos colgando ikurriñas en las cunetas, creyendo que compartimos algo más que una bandera.

No todas somos iguales

Es verdad, no todas somos iguales. Ni todos los deportistas se van, ni todas las empresas evaden, ni todas las fortunas huyen. Hay quien se queda, quien entiende que pertenecer a un lugar también significa cuidarlo, sostenerlo, pagarlo. Pero no podemos seguir mirando hacia otro lado mientras los que más se benefician de nuestro apoyo, de nuestra pasión, de nuestra economía, deciden que contribuir es opcional.

Quizá sea hora de preguntarnos qué estamos celebrando cuando colgamos esa ikurriña. Si solo aplaudimos victorias individuales o si realmente creemos en un proyecto colectivo. Porque si queremos que Euskal Herria sea algo más que un nombre bonito en un maillot, va a hacer falta que todas, también las que más tienen, remen en la misma dirección.

Y eso pasa, necesariamente, por tributar donde vives. O donde dices que vives. O donde te gustaría que pensaran que vives, aunque luego tu domicilio fiscal esté a mil kilómetros de las carreteras que llenan de banderas para vitorear tu nombre.

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One Comment

  1. No cabe duda que ese tipo de personas no son euskaldunes solidarios con su país. Que les puede más la ganancia económica personal que la de su pertenencia a un pueblo o país al que hsy que amar, cuidar y mejorar apoyándole en todos los aspectos.

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