Y a nosotras, ¿quién nos cuida?

Un mundo convulso, unas instituciones mirando hacia otro lado y las de siempre pagando la factura.

Puntu eta jarai

El mundo se ha vuelto difícil de entender. Cada mañana hay una nueva sacudida: un arancel, un bombardeo, una amenaza. Donald, el pato, no, el otro, lleva meses convirtiendo la economía mundial en su tablero personal. Un día sube aranceles, al siguiente los congela y al siguiente los reimplanta. No es caos accidental: es un método. Un método para que ganen siempre los mismos. Y para quienes no tienen ese músculo, trabajadoras, pensionistas, familias con una hipoteca o un alquiler, a tormenta se convierte en inundación.

A esto se suma una guerra en Oriente Medio que no cesa. Benjamin Netanyahu, como Donald, acumula causas judiciales en su propio país mientras dirige operaciones que organismos internacionales califican con las palabras más graves del derecho internacional. La historia pone a cada uno en su sitio, sí, pero con el tiempo. Y, mientras tanto, los precios suben y alguien siempre gana: las petroleras, los fabricantes de armas, la banca. Siempre los mismos.

El precio de la guerra lo pagamos nosotras

Y ese precio llega a casa de formas muy concretas. Cuando sube el petróleo, no sube solo la gasolina. Sube el transporte, y cuando sube el transporte sube todo lo que viaja en un camión: la fruta, la verdura, el pan, los medicamentos. Suben también los envases, el envase del yogur, la botella de aceite, la bandeja de carne— porque están hechos de plástico, y el plástico viene del petróleo. Al final, lo que nos encontramos es que el carrito de la compra pesa lo mismo pero cuesta mucho más. Y una pensión no se estira.

La guerra en Oriente Medio tiene visos de prolongarse y su impacto en la economía es inmediato, sobre todo por el lado de los costes energéticos. El lehendakari Imanol Pradales ha enviado a Pedro Sánchez un decálogo de medidas para aliviar ese impacto. Buenas intenciones, quizás. Pero bajar el IVA significa que el Estado recauda menos, y si recauda menos los servicios públicos se resienten. La solución no está en vaciar las arcas comunes sino en hacer pagar más a quienes más están ganando con esta crisis: energéticas, banca, fabricantes de armas. A eso se opuso el Partido Nacionalista Vasco junto con la derecha cuando se planteó en el Congreso. Y, mientras tanto, la inflación disparará los tipos de interés y, con ellos, las hipotecas. El carrito más caro, la luz más cara, la hipoteca más cara. Todo a la vez. Y la pensión, quieta.

El PNV y el PSE: mucho escudo, poca protección real

Esta semana el Parlamento de Gasteiz debatía sobre energías renovables. La propuesta de EH Bildu reclamaba compromisos concretos y proyectos públicos. Partido Nacionalista Vasco y Partido Socialista de Euskadi no la apoyaron. Aprobaron, en cambio, su propia enmienda, que insta al Gobierno Vasco a seguir desarrollando “los instrumentos necesarios para el despliegue de energías renovables”, sin adoptar ningún compromiso concreto, en una situación marcada por una proliferación de proyectos por impulso privado y de modo desordenado. Y el Plan Territorial de Renovables acumula nada menos que seis años de demora. Seis años en los que el caos ha beneficiado, como siempre, a quien tiene más capacidad de maniobra. Si la energía la producen empresas privadas sin control público, ¿quién va a garantizar que las pensionistas puedan pagar la factura? Nadie, aparentemente.

En Nafarroa, la misma historia

El Parlamento navarro votaba esta semana sobre la posibilidad de fijar un salario mínimo propio, adaptado al coste real de la vida aquí. La propuesta fue rechazada. El Partido Socialista de Navarra votó en contra, junto con PP, Contigo-Zurekin y Vox. Cerca de 80.000 trabajadoras y trabajadores en Navarra podrían haberse beneficiado. Más del 60 % de quienes perciben el SMI son mujeres, de la hostelería, los cuidados, los servicios. Las de siempre. La mayoria sindical vasca lleva meses trabajando sin descanso, han convocado una huelga general para el 17 de marzo y el Parlamento les ha respondido con un no.

280.000 firmas desoídas

Nosotras lo hemos vivido de cerca: 280.000 firmas recogidas para exigir una pensión mínima igual al SMI y un SMI de al menos 1.500 euros. Firmas de personas reales que saben lo que cuesta llegar a fin de mes, que calculan si pueden poner la calefacción, que eligen entre medicamentos y comida. Desoídas. Mientras tanto, Kutxabank anuncia beneficios récord y los gobiernos del PNV y el PSE hablan de escudos que protegen a la industria, no a las personas.

Hablando suave también se hace daño. El daño de la inacción, de las palabras vacías, de los compromisos sin concretar mientras los precios suben y las pensiones se quedan cada año un poco más atrás.

Y a nosotras, ¿quién nos cuida?

El mundo convulso que describimos no es un accidente. Es el resultado de un sistema que necesita perdedoras para producir ganadoras. Y las perdedoras, históricamente, somos nosotras. Por eso organizarse no es una opción. Es una obligación.

Y mientras escribimos esto, en Gaza el genocidio continúa. No lo olvidamos. No podemos olvidarlo.

Nosotras. Juntas.

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